Raúl era listo.
La vez pasada seguro notó que Gloria quería mover su expediente. Luego la pasaron con la doctora Rimay, y ahora la regresaban con él.
Gloria pensó que Raúl ya había deducido lo del embarazo… y que Federico no lo sabía.
—Gracias, doctor Esquivel.
—No es nada, es mi trabajo —Raúl sonrió apenas.
Gloria bajó a hacerse los estudios. Cuando terminó, esperó entre una y dos horas. Al salir los resultados, volvió a subir con el reporte.
Para entonces, Raúl ya casi salía. Estaba viendo a su último paciente.
Gloria esperó afuera un momento. Cuando terminó, por fin entró.
—Doctor Esquivel.
Le entregó los resultados.
Raúl los revisó y, poco a poco, se le frunció el ceño.
—Señorita Loyola, los resultados no salieron bien. Hay un riesgo alto. Necesitamos hacer estudios adicionales.
Desde que Gloria estaba embarazada, todo había salido bien, salvo que el bebé venía un poco pequeño.
Ese “riesgo” de golpe le dejó la mente en blanco.
—¿C-cómo… cómo que riesgo?
Raúl explicó con calma:
—No te me alteres. Solo significa que hay indicadores de riesgo y hay que confirmarlo con estudios más específicos. No quiere decir que necesariamente haya un problema.
—Si sí hay problema… ¿qué sería? —Gloria se quedó sin aire. Sintió el corazón apretado como si alguien se lo estuviera estrujando.
En el orfanato, había visto niños con discapacidades o problemas congénitos, y le partía el alma.
Pero no podía aceptar que su bebé…
Era lo único en este mundo que llevaba su sangre.
—Hay señales de un posible problema cromosómico —dijo Raúl—. Si no lo confirmamos y el bebé nace así, existe la posibilidad de parálisis cerebral, síndrome de…
Gloria, sin pensarlo, le había marcado.
Tenía la garganta cerrada, como con un nudo. Le costó hablar.
Virginia le palmeó el brazo. Sonaba valiente, pero traía los ojos rojos.
—No tengas miedo. Vamos a hacer los estudios que faltan.
La voz de Gloria salió rasposa.
—Va.
—Ándale, primero los estudios. Y luego te invito a comer —dijo Virginia, jalándola suavemente para levantarla—. No va a pasar nada. Tú y Federico están jóvenes. No hay razón.
Ese consuelo, aunque fuera suave, le fue metiendo fuerza en el pecho.
Gloria regresó con ella al consultorio de Raúl para pedirle que le programara los estudios adicionales.
Pero al salir del elevador, vio a Federico en el área de fumadores, en una esquina.
Traía un cigarro entre los dedos, el entrecejo apretado, y en la cara se le notaba la preocupación.

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