El rostro de Federico no dejaba ver si estaba contento o molesto.
La línea de su nariz, sus labios finos… Gloria lo vio con una claridad que le apretó el pecho.
Federico se detuvo frente a ella y la miró desde arriba.
Gloria bajó la mirada y habló primero:
—Señor Córdoba, una disculpa… otra vez le causé problemas.
Aunque ella no tenía nada con Jaime, al final sí se había visto involucrada con él: por eso los medios los habían fotografiado y salió esa nota.
Esta vez, el consorcio había perdido una suma millonaria, y además la reputación quedó golpeada.
—Primero…
—Señor Córdoba, Gloria también es víctima —se metió Pablo para defenderla—. Jaime fue a buscarla a la empresa; por más que quisiera, no podía simplemente desaparecer. ¡Esta vez nos arrastraron a nosotros!
Federico le lanzó una mirada helada.
—Hablas de más.
—Señor Córdoba, mejor súbase al carro y lo platicamos allá. Afuera hay reporteros —dijo Gloria, haciéndole una seña a Pablo para que ya no siguiera.
Federico no era de los que se dejaban convencer.
Y además, ahorita no era momento de buscar culpables.
El proyecto del Consorcio Río Claro había sido una decisión repentina de Federico; y cuando estalló el problema, él ni siquiera estaba en el país por asuntos personales.
Los directivos estaban esperando una explicación… y llevaban rato esperándolo.
Federico caminó a paso firme hacia el estacionamiento. Gloria se dio la vuelta y lo siguió.
Dentro de la camioneta Mercedes, la pintura negra reflejaba las luces del estacionamiento en destellos.
Pablo manejaba; Gloria iba sentada junto a Federico, atrás.
—Señor Córdoba, el área de comunicación armó dos planes de emergencia. Écheles un ojo primero.
Le acercó la laptop.
La luz de la pantalla se reflejó en los ojos de Federico. Él solo la revisó por encima y apartó la mirada.



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