Pablo llevaba años con Federico y nunca habían hablado de nada fuera del trabajo.
Mucho menos de cosas de pareja.
Después de aquella noche en que Federico y Gloria terminaron acostándose “por accidente”, al día siguiente Federico le pidió a Pablo que preparara el acuerdo prenupcial.
Así que, aunque ninguno lo dijera, él sabía que era por hacerse cargo.
Federico se casó con Gloria para hacerse responsable.
¿Y Gloria se casó con Federico para que él se hiciera responsable…?
—Señor Córdoba… ¿tomó?
Pablo le olió un aroma leve a alcohol.
Federico alzó apenas la ceja; la mirada con la que lo vio traía molestia.
Claramente: le estaba reclamando que no contestara lo que le preguntó.
—La verdad, yo no era tan cercano a Gloria —dijo Pablo, sintiéndose chiquito con esa mirada.
Aun así, se obligó a meterse en la vida sentimental de su jefe.
—Pero casarse fue idea suya. Ella tampoco podía decir que no… al final usted era su jefe.
Eso era lo que Pablo pensaba.
En su cabeza, Gloria se había casado con Federico casi a fuerzas.
Como si la hubiera acostado el jefe, y luego, por miedo a que le hicieran la vida imposible en el trabajo, no le quedara de otra que casarse.
Por suerte Federico no era un señor gordo, viejo y pelón.
Si no…
—Entonces, según tú… ¿ella no quería casarse conmigo? —la voz de Federico se enfrió de golpe.
A Pablo se le heló el cuerpo.
¿Qué dijo? ¿En qué se equivocó?
—¡No, no! O sea… usted es guapo, capaz, cualquiera querría casarse con usted. Gloria seguro sí quería, claro.
¿Gloria quiso de verdad?
Federico recordó: él le preguntó si se casaban o no.
Gloria dudó un buen rato… y hasta entonces dijo que sí.
¿De qué dudaba?
¿De qué pasaría si decía que no?
—Señor Córdoba… ya llevan divorciados un buen. ¿Para qué piensa en eso?
Pablo intentó sacar el tema del hoyo al que lo había metido su propia boca.


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