En la oficina del director general, en el último piso de Holding Rivadeneira.
Pablo estaba frente al escritorio de Federico, con el corazón en la garganta.
Federico revisaba el montón de documentos que él había investigado. Entre más leía, más se le fruncía el ceño.
—¿Y lo que te pedí?
Volteó a la última hoja.
El reporte registraba con lujo de detalle todo lo que Gloria hizo el mes que quedó embarazada; hasta lo que desayunaba.
Lo único que no decía era cómo se había embarazado.
Si alguien no supiera, pensaría que la panza le creció por arte de magia, porque no aparecía ni rastro de un hombre cerca.
—En las noches, cuando regresaba a su casa… no se pudo sacar nada —Pablo estaba pálido—. Perdón, señor Córdoba. La regué.


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