—Me embaracé hasta medio año después del divorcio, señor Córdoba. No es suyo.
—Entonces, ¿de quién es?
Federico preguntó y apenas después se dio cuenta de que esa frase no sonaba bien.
Aun así, se quedó esperando la respuesta. Sintió como si le hubieran dado un golpe seco en el pecho.
Y, contra toda lógica, insistió otra vez:
—No tiene nada que ver con usted, señor Córdoba.
En cuanto terminó de decirlo, Gloria empujó la puerta y salió.
No había dado ni dos pasos cuando sintió que alguien la jaló con fuerza de la muñeca.
Era Federico. Había salido tras ella.
—¿De qué tienes miedo?
—¿Qué está haciendo?
Gloria fingió calma. Él la tenía atrapada entre la pared y su pecho, y aun así se atrevió a devolvérsela con una pregunta.
Federico apretó los labios hasta dejarlos en una línea.
¿Qué estaba haciendo?
¿Interrogando a su exesposa… y subordinada… sobre de quién era el bebé?
—Tú y Jaime traen algo raro. Él es mi rival, tú trabajas para mí. ¿No tengo derecho a saber de quién es ese hijo?
La manera en que lo dijo fue fría, cargada de burla.
Gloria lo miró de frente y vio la agresividad en su expresión.
Se le enrojecieron un poco los ojos. Sintió un ardor amargo en el pecho, como si se le hubiera hecho un nudo por dentro.
Ella pensaba que, por lo menos, Federico la conocía.
Aunque ella fuera un desastre, ¿cómo se iba a meter con Jaime?
Pero…
—Gloria.
A lo lejos, de pronto, se escuchó una voz.
Gloria volteó.
César estaba a unos metros, con portafolio en la mano, como si acabara de salir del trabajo.
Se le notaba la incomodidad, pero aun así caminó hacia ellos.
En ese pasillo solo estaban los tres.
Federico también levantó la vista. Entrecerró los ojos, observando a César acercarse.
—Señor Córdoba.
César le hizo un saludo breve con la cabeza.


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