Rodrigo guardó silencio unos segundos y soltó:
—Señora Loyola, ¿para qué quiere ver al gerente de Recursos Humanos?
—¿Qué? ¿Te da miedo que te corra?
Gloria le dio justo donde le dolía.
Rodrigo sonrió de inmediato.
—¿Cómo cree? Usted es joven, guapísima, inteligente y muy justa. Obvio no va a despedir a alguien nada más porque sí.
—Salte.
Esas palabras empalagosas no le movieron nada por dentro a Gloria.
Lo corrió con una frase. Rodrigo se fue a regañadientes, volteando a cada rato, pero como no encontró pretexto para quedarse, no le quedó de otra que irse.
Casi al mediodía, la gerente de Recursos Humanos llegó por fin.
—Disculpe, señora Loyola. No sabía que hoy iba a venir. Lo de reclutamiento en universidades se agendó desde hace una semana.
Sofía Zamora rondaba los cuarenta, llenita, el tipo de mujer hecha para los negocios.
Traía unos lentes negros de armazón grueso; detrás de los cristales, sus ojos eran pequeños, pero filosos.
—No pasa nada. El trabajo es primero.
Gloria la observó un momento y preguntó:
—¿Cómo les fue con el reclutamiento?
Sofía negó con la cabeza.
—Los recién egresados ahora traen el ego por las nubes. Por haber ido a la universidad, ya creen que valen un sueldo de cien mil al mes. No salió nadie realmente adecuado.
—Quiero una secretaria —dijo Gloria, directo al punto.
—No se consiguió —respondió Sofía. Sonó “impotente”, pero con una seguridad que rozaba lo descarado.
Gloria la miró.
—Habla a corporativo. Que me manden a Mirella, la que antes fue secretaria de Federico.
Sofía se quedó helada.
—Esto… ¿y ella va a querer venirse tan lejos?
—Te dije que lo hagas. Hazlo.
—Desde que entraste, acomodaste a decenas de personas “por debajo del agua”: desde personal de apoyo hasta puestos altos. Eso viola las reglas de la empresa. No solo te voy a correr: también vas a devolver dos meses de sueldo. Y si te pones al brinco, todavía te cargo una penalización por incumplimiento.
Conforme Gloria hablaba, palabra por palabra, el rostro de Sofía se fue poniendo pálido. El pánico se le notaba a simple vista.
Cuando Gloria terminó, la oficina quedó en silencio.
Un silencio pesado.
Sofía la miró, tratando de encontrar aunque fuera una señal de que estaba bluffeando.
No había nada.
Gloria no estaba jugando.
—Señora Loyola… yo… yo no tenía opción. Se lo ruego, deme una oportunidad. No me despida, ¿sí? ¡Yo voy a hacer lo que usted diga!
El tono de Sofía cambió por completo. Pasó de blanca a roja, entre vergüenza y desesperación.
Era mayor que Gloria, sí, pero para llegar a ese puesto había batallado años.
Si perdía ese trabajo, todo lo que había hecho en décadas se le iba a volver una burla.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA