—Los hijos y los nietos se acomodan solos —dijo don Mariano, muy tranquilo—. Con Gloria, tú te metiste como pudiste y no sirvió de nada. Ahorita es lo mismo. Él tiene sus ideas.
Doña Valentina le aventó una mirada.
—Tú lo que quieres es que se case rápido para que te dé bisnietos, y ya, sin importar nada.
Don Mariano se quedó callado.
Doña Valentina se encendió y le aventó la almohada de la cama.
—Vete a dormir al sillón. Nomás de verte me amargo.
El viejo no dijo nada. Recogió la almohada y se fue al sofá cama.
El enojo de doña Valentina subió rápido… y se le bajó igual de rápido. Enseguida ya estaba pensando en otra cosa.
Según ella, no había nada que pudiera obligar a Federico a casarse con Irene.
No. Tenía que saber qué estaba pasando.
Esa noche, Irene al final sí se quedó.
A la mañana siguiente, en el desayuno el ambiente estaba alegre.
Más bien, Alicia traía buen humor: tarareaba mientras leía el periódico de negocios y comía.
—Mamá, ¿y ahora por qué tan contenta? —preguntó Paulina con cara de no creerlo.
—Las cosas de adultos no son para que los niños opinen —le respondió Alicia, nada amable, aunque con la sonrisa bien puesta—. Come, que luego se te hace tarde.
—Sí, señora. —Paulina se puso a comer y buscó con la mirada a doña Valentina, como preguntando qué onda.
Doña Valentina negó apenas con la cabeza. A ella nunca le interesaba descifrar el humor de Alicia.
Ya casi terminaban cuando Paulina agarró una servilleta y se iba a levantar—
Irene bajó las escaleras.
Se veía mal.
Alicia dejó el periódico a un lado y le preguntó:
—¿Qué, anoche… te desvelaste? Traes la cara fatal. Pudiste dormirte más y bajar después, aquí no hay extraños. No te compares con Federico: él siempre ha tenido mucha energía. ¿Se fue temprano, verdad?
Paulina ya se estaba parando, pero al oír eso se volvió a sentar.
¿Con que por eso Alicia estaba tan feliz? ¿Porque creyó que anoche Federico e Irene ya…?
Doña Valentina frunció el ceño. También le sorprendió que Irene mintiera con algo así.
—Mira nada más, todavía ni se casan y ya sabe preocuparse por Federico —dijo Alicia, encantada—. No te preocupes: él siempre ha sido fuerte. Una o dos noches sin dormir no le hacen nada. Tú come. Le pedí a la cocina que preparara una sopa; al rato se la llevas a la oficina.
Alicia le palmeó la mano a Irene y hasta le peló un huevo cocido.
Pero en cuanto lo terminó de pelar, Paulina se lo arrebató.
—Mamá, ¿hay sopa? Yo se la llevo a mi hermano, voy de paso. No hay que molestar a la señorita Orozco. Ella también… está bien cansada, ¿no?
Esa última frase le salió con un sarcasmo descarado.
Irene la miró sin querer, y al toparse con esa sonrisa a medias, sintió como si le hubieran leído la mentira.
—No estés de llevada. Ya vete a trabajar —la regañó Alicia.
Quiso quitarle el huevo, pero Paulina ya le había dado una mordida.
Alicia no tuvo más que pelarle otro a Irene.
—A Paulina la malcriaron sus abuelos. Tú vas a ser la futura esposa de su hermano; luego le tienes paciencia.
***

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