No es que no quisiera soltarla; es que no podía.
Dos millones. En el fondo, Gloria no valía ese precio para él.
A Gloria se le fue yendo el color del rostro.
—Perdón, otra vez le causé problemas, señor Córdoba. Le voy a hablar a doña Valentina para avisarle… No quiero el dinero.
Prefería renunciar al dinero con tal de irse.
Los ojos de Federico, tan definidos en blanco y negro, se le hundieron todavía más.
—Gloria, sí sabes cómo moverle a la gente. Estando tan lejos, dejas a la señora con el corazón en un hilo… ¿De verdad crees que te va a hacer caso?
Era cierto, pero dicho así sonaba demasiado hiriente.
Como si Gloria fuera calculadora y lo hiciera a propósito.
—Señor Córdoba, usted puede decirle que me dio dos millones. Yo no lo voy a desmentir.
Gloria odiaba ese tipo de conversaciones con Federico, tan de choque.
Federico era como una navaja clavada en el pecho.
Cada vez que hablaban, esa navaja temblaba tantito.
Un movimiento mínimo, pero suficiente para provocarle un dolor que la atravesaba.
—¿Y tú crees que a ella la vas a engañar?
Lo terca que era doña Valentina, Gloria lo sabía de sobra.
Era como un callejón sin salida, un pantano inmóvil.
Y ella estaba atrapada ahí, ahogándose sin poder salir.
—Entonces gracias, señor Córdoba. A partir de hoy empiezo mi incapacidad.
Gloria dejó de luchar. Se rindió.
El día que se fue ya había sacado casi todas sus cosas; solo tomó un adorno pequeño de su escritorio y se fue.
Mirella la acompañó hasta la puerta.
—El señor Córdoba dijo que, desde hoy, yo voy a cubrir tu puesto por mientras: tomar notas en las juntas y organizarle la agenda.
—Qué bueno —dijo Gloria.
Pidió un taxi y, mientras lo esperaba, le dejó instrucciones a Mirella:
Se dio la vuelta y caminó hacia el carro.
La noticia que Gloria llevó de regreso no fue que había renunciado con éxito, sino que se iba a ir de incapacidad.
Eso tomó por sorpresa a Virginia.
—¿Quién se toma la incapacidad dos meses antes? Federico te está echando la mano, ¿no? Y otra cosa: Raúl ha estado, dale y dale, queriéndome sacar si el bebé es de Federico… ¿Federico ya sospecha?
—No sé —Gloria no lograba descifrar qué pensaba Federico—. Pero no creo que se le haya pasado por la cabeza que este bebé sea suyo. Más bien le da curiosidad saber de quién es.
Si de verdad lo sospechara, no se quedaría en mandar a Raúl a tantear.
Pero por el tono de Raúl, también sonaba muy seguro…
—¿Y estos dos qué traen? —Virginia se rascó la cabeza, incapaz de entender—. Se supone que están del mismo lado, pero a la vez no parece.
—Que me haya dado la incapacidad está bien. Por lo menos ya no voy a ver a Federico todos los días.
Lo que a Gloria le daba alivio era que, hasta el día del parto, ya no tendría que enfrentarlo.
—Cuando tengas tiempo, te acompaño a comprar lo del hospital.
***

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