La voz del hombre era grave y firme, con una autoridad que le salía natural.
En un instante, el ambiente de la tienda se congeló. La vendedora ni se atrevía a respirar.
Gloria volteó. Al ver a Federico, el corazón se le aceleró un par de latidos.
Luego volvió a la calma. Bajó un poco la mirada y se hizo a un lado.
Martina, al toparlo de frente, se vio insegura.
—Señor Córdoba, ¿qué está queriendo decir?
—La verdad —respondió Federico.
—¿Le estás dando la cara por ella? —Martina soltó una risa fría—. ¿No te da miedo que yo se lo diga a Irene?
—Dile si quieres.
Federico miró de reojo a Gloria.
Traía un vestido largo tejido, rosa claro. Era un color y un corte que no le quedaba a cualquiera.
En ella parecía hecho a la medida: los hombros rectos le daban una caída perfecta; se veía delgadita, pero con un toque suave.
El color claro le hacía ver la piel todavía más luminosa.
Se veía fácil de molestar. Con razón cualquiera se le iba encima.
—Tú…
—Señorita —intervino la vendedora, viendo que la cosa se estaba poniendo fea—. Si usted se la va a regalar a la señorita Loyola, ¿le busco otra cuna?
Luego, volteó con Gloria:
—Señorita Loyola, ya llegó su esposo. ¿Aun así quiere que se la mandemos a su casa?
¿Esposo? ¿Federico?
No solo Gloria se quedó sin reaccionar; Martina también.
Federico, en cambio, se movió rápido.
—No. Que la bajen a mi coche.
—Claro. ¿Me dice en qué lugar está para que bodega la lleve directo?
La vendedora sacó papel y pluma.
—¿Así de descarados? —Martina por fin entendió. Como Federico ni se molestó en aclarar nada, se puso pálida de coraje.

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