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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 436

Gloria fue la primera en hablar. Luego le hizo un gesto cortés a la señora Mendizábal.

—Señora Mendizábal, no la molesto más. Me retiro.

—Ya casi es mediodía, ¿por qué no comemos juntas? —La señora revisó la hora y la invitó con entusiasmo—. Además… lo de Martina, quería platicarlo contigo.

El tono era como si se conocieran de toda la vida, como si toparse implicara sentarse a comer sí o sí.

—Señora Mendizábal, de verdad traemos cosas que hacer —repitió Gloria.

La señora Mendizábal por fin cayó en cuenta.

—Ay, mira nada más… ni me fijé. Entonces ve a lo tuyo. Otro día que tengas tiempo, comemos.

Gloria asintió apenas, se dio la vuelta y prácticamente empujó a Virginia hacia el carro.

Virginia todavía se veía con ganas de insistir.

Gloria, de plano, la hizo subirse al asiento del copiloto y ella se fue al volante.

—Viste la cara de la encargada… hasta se notaba que supo que estábamos inventando un pretexto —murmuró Virginia cuando ya estaban con las ventanas arriba.

Gloria aceleró y se fueron.

En efecto, la encargada estaba comentando en voz baja:

—Señora Mendizábal, esas dos ya vinieron una vez. Seguro se les hace caro; quieren quedarse, pero no les alcanza. Ya ni les haga caso. ¿Le aparto el paquete de seiscientos ochenta mil? ¿Le hacemos el trámite?

—¿Caro…? —repitió la señora Mendizábal, como probando la palabra.

—Sí. La vez pasada preguntaron el más barato. Para usted, el de seiscientos ochenta mil es nada, pero para la gente normal hasta el más básico, de cien mil, está pesado.

La encargada sacó unos papeles.

—Puede dejar un anticipo de cien mil.

La señora Mendizábal se quedó pensativa. Luego miró otra vez hacia donde Gloria y Virginia ya se habían ido.

—Apárteme dos del paquete más alto. Y el otro póngalo a nombre de la señorita Loyola.

La encargada se quedó helada.

—Segura —dijo la señora Mendizábal, entregándole la tarjeta.

La encargada ya no preguntó más y fue a cobrar.

Mientras esperaba, el celular de la señora Mendizábal sonó.

Deslizó el dedo y contestó. Apenas escuchó la voz del otro lado, se le frunció el ceño.

—Ya te lo dije: si no es necesario, no me vuelvas a buscar. ¿Quién te dijo que vinieras a Río Alicante?… No me vengas con eso. El problema lo causaste tú, arréglalo tú. Y te lo advierto: no me vuelvas a contactar. Si te atreves a destapar lo de aquel asunto, te va a ir muy mal.

Su voz nunca había sonado tan grave. Colgó sin dudar.

Del otro lado, Gloria y Virginia ya habían regresado a casa.

Virginia venía con la cara caída, derrotada.

—Tu “sorpresa” y tú… me la arruinaste con un balde de agua fría.

***

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