—¿Me estás preguntando a mí? —soltó Federico.
Pablo se quedó callado.
La actitud de los Mendizábal con Gloria era rara.
Pero si querías investigar, necesitabas una línea de la cual jalar; si no, no había por dónde.
—Revisa todas las posibilidades que se te hayan ocurrido. Todas —ordenó Federico, con calma, como si no acabara de aventarle una carga enorme.
A Pablo le dieron ganas de pedir tregua, pero se tragó las quejas. Sabía que no servía de nada.
Él podía estar hecho pedazos y a Federico le daba igual; Federico solo quería resultados.
—Sí, señor.
Tocaron la puerta de la oficina. Federico colgó y dijo, seco:
—Pasa.
Mirella entró, nerviosa.
—Señor Córdoba… la señora Vallejo está aquí.
—¿Quién? —Federico frunció el ceño y volteó.
—La señora Vallejo —repitió Mirella.
Apenas terminó de decirlo, Alicia empujó la puerta entreabierta y entró con paso firme.
—¿Qué? ¿No te da gusto que venga tu mamá?
Federico le hizo una seña a Mirella para que saliera, y ella se fue de inmediato.
—¿Por qué no avisó que venía?
Alicia se quedó en medio de la oficina, mirando alrededor.
—Quería caer de sorpresa, a ver si no andas haciendo porquerías.
Federico se sentó detrás del escritorio.
—¿Y yo qué porquerías voy a andar haciendo?
—Si no andas haciendo nada, ¿por qué sigues en Río Alicante y no te regresas? —Alicia se sentó frente a él—. Lo de la boda ya lo dejamos casi listo entre tu suegra y yo. Y tú te vienes acá a esconderte… Me dijeron que Irene vino y ni siquiera la llevaste a cenar como se debe. ¿Qué pasa?
—Traigo mucho trabajo —respondió Federico.
Alicia chasqueó la lengua.
—¿Mucho? Si hasta a Gloria ya la mandaste de licencia y el proyecto grande se lo dejaste a Santiago Muñoz. Eso me dice que aquí no estás tan ocupado.
Gloria y Virginia se enteraron al llegar: ahí el consumo por persona se iba a miles.
No querían entrar, pero apenas se bajaron del carro, vieron a Lucía junto a la ventana, saludándolas con la mano.
—¡Glori! ¡Virgi!
El restaurante estaba en silencio y varias personas voltearon a verlas.
No tuvieron de otra que entrar y saludar bajito:
—Lucía.
—Veo que les ha ido bien en Río Alicante —dijo Lucía, al verlas arregladas y bien vestidas. En los ojos se le asomó un brillo.
—¿Por qué viniste a Río Alicante? —preguntó Gloria—. ¿En el orfanato quién se quedó a cargo?
Gloria fue directo al punto. Lucía perdió un poco la sonrisa.
—A lo mejor no lo saben, pero yo soy de Río Alicante.
Gloria y Virginia se quedaron en shock.
—Vine por un asunto. Supe que andaban por acá y aproveché para verlas —Lucía movió los ojos, tanteando—. Oigan… ¿ustedes saben de la familia Mendizábal de Río Alicante?

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