—Está bien.
A Gloria le daba mucha pena, pero no le quedaba de otra: tenía que pensar en el panorama general.
Se dio la vuelta y salió del salón.
Entre la gente, un hombre que destacaba por encima de todos volteó de golpe y clavó la mirada en su figura delgada al alejarse.
Casi de inmediato la reconoció.
Había venido con Jaime.
La expresión de Federico se ensombreció sin poder evitarlo.
El hombre que estaba platicando con él sintió un escalofrío en la espalda; ni siquiera terminó la frase y se calló.
Varios siguieron la dirección de su mirada, pero solo alcanzaron a ver a Jaime.
Decían que Federico y Jaime no se llevaban, y por lo visto era cierto.
Nada más no se imaginaban que fuera tan evidente… al grado de que a Federico se le cambiara la cara con solo verlo.
—Disculpen, ahora regreso.
Federico dejó la copa y se fue hacia la ventana.
El salón estaba en el tercer piso; por el diseño abierto del edificio se alcanzaba a ver el lobby de la planta baja.
Después de salir, Gloria bajó en el elevador y se sentó en uno de los sillones del vestíbulo.
A través del ventanal, su figura se veía con una claridad casi cruel.
La mirada de Federico se le fue encima, sin querer.
Se escuchó el taconeo acercándose por detrás y deteniéndose a su espalda.
Él apartó la vista y giró un poco.
—Federico, de verdad no conozco a alguien tan pasado de lanza como tú.
Martina estaba detrás, indignada.
—Irene se fue por tu culpa y tú ni siquiera vas a buscarla. ¡Ya casi se casan! ¿Cómo puedes tratarla así?
Federico la miró, frío.
—¿De verdad estás tan desocupada como para meterte en la vida de los demás?


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