—Los dos —dijo Jaime—. Él y yo.
Jaime se acercó y se puso a su lado. Bajó la mirada hacia ella.
—Quiero invitarte a trabajar en Grupo Larrinaga. El señor Córdoba dijo que tú decides si aceptas.
A Gloria se le abrieron los ojos. Incrédula, miró a Jaime… y luego a Federico.
Federico no se movió. Tenía esa presencia de quien controla el lugar con solo estar parado.
Aunque Jaime dijera que la decisión era de Gloria, ella lo tenía claro: la última palabra seguía siendo de Federico.
—Señor Granados, no juegue… estoy de incapacidad por maternidad.
—Estoy cuidando talento —respondió Jaime, sin dudar—. Si dices que sí, hoy mismo hacemos el trámite. Sigues con tu incapacidad y yo te pago el sueldo igual.
Lo dijo serio, frente a todos. No estaba bromeando.
Gloria no entendía qué había pasado en tan pocos segundos.
A un lado, Martina tenía una cara horrible y no dejaba de mirar a Jaime.
—Señor Córdoba… —Gloria dudó, buscando a Federico—. ¿Qué está pasando?
Federico se movió apenas y habló, seco:
—El señor Granados te está ofreciendo algo. Tú decides. Mañana me das tu respuesta en la empresa.
Sin darle chance de decir más, Federico se dio la vuelta y se fue.
Eso era… dejarla ir. Aceptar que se cambiara de trabajo.
Gloria siguió con la mirada su espalda y sintió que el corazón se le apretaba, como si le faltara el aire.
—Mira nada más… Gloria, sí que sabes moverte.
Martina soltó una risa fría. Entonces el bebé no era de Federico.
Era de Jaime.
Mientras mandaba un mensaje desde el celular para contarle a Irene la “buena noticia”, se dio la vuelta y se fue.
Los demás también se dispersaron.
Ahí solo quedaron Gloria y Jaime.
—¿Qué pasó? —Gloria traía la cabeza hecha bolas—. ¿Qué fue todo esto?
Jaime le dio unas palmaditas en el hombro.
—Espérame en el carro. Cinco minutos, máximo, y voy contigo.
Dicho eso, se metió entre la gente y se fue tras Federico.

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