—¿Qué?
A Mirella se le hizo un nudo en el estómago.
—¿Ahora qué pasó? ¿Por qué llegaste tan temprano?
Gloria estaba abajo del edificio, mirando hacia arriba.
—Luego te cuento. Cuando esto termine.
Colgó y entró.
La empresa estaba vacía. Había llegado temprano para subir al último piso antes de que hubiera gente.
No se imaginó que Federico ya estuviera ahí.
Un momento después, en la oficina de Federico.
Gloria estaba parada en medio. Venía preparada: había ensayado lo que iba a decir una y otra vez.
Pero al tenerlo enfrente, no le salió ni una palabra.
Federico abrió el cajón de la derecha, sacó un documento y lo empujó hacia ella.
Era un acuerdo de renuncia.
—Firma.
Gloria soltó, por reflejo:
—Aún no le doy mi respuesta.
—Siempre te has querido ir. No hay razón para que te quedes —dijo Federico, directo, dando en el blanco.
Luego entrecerró los ojos, mirándola con una intención que no se le podía leer del todo.
—¿O qué? ¿Ahora que sí puedes irte, me vas a decir que te cuesta?
Gloria miró el documento. Por fuera se veía tranquila, pero por dentro estaba hecha un nudo.
Respiró hondo, sacó una pluma negra de su bolsa, volteó el documento a la última hoja y firmó.
Gloria.
Su letra era suave pero firme, con un filo discreto.
Cuando terminó el último trazo, Federico apartó la mirada.
—De acuerdo con las reglas de la empresa, si se filtra información interna, te van a investigar a fondo. Serás la primera sospechosa. Si resulta que tuviste algo que ver, pagarás el doble de las pérdidas.
Su tono fue indiferente, como si solo estuviera leyendo cláusulas.
Gloria tapó la pluma y la dejó junto al documento.
—Está bien.
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