—Si hay algo que no entiendas, márcame. Aunque sea a medianoche.
Gloria le dio unas palmaditas en el hombro y echó un vistazo hacia la oficina de Federico.
La puerta estaba cerrada, como si fueran dos mundos completamente separados.
—Bueno, ya me voy.
A Mirella se le aguaron los ojos, como si estuviera a nada de llorar.
Gloria se fue sin pensarlo; no quería que a la otra se le salieran las lágrimas y eso le afectara en el trabajo.
Mirella ya iba a acompañarla hasta la planta baja de la empresa.
Entonces sonó la extensión del escritorio: la voz grave y profunda de Federico se escuchó del otro lado.
—Pasa.
“Pasa, Gloria. Ven.”
Frases así, Gloria ya las había escuchado quién sabe cuántas veces.
Esa sensación, familiar y a la vez extraña, le pegó de golpe, y su movimiento para entrar al elevador se quedó a medias.
—¡Ay, Glori! —Mirella se puso nerviosa; no sabía si acompañarla o no—. ¡Espérame, ahorita vuelvo!
Gloria volteó y la vio correr de prisa hacia la oficina de Federico.
La puerta se abrió y se cerró; la silueta del hombre se proyectó en la pared con el sol de la tarde.
Fue un instante. Gloria apartó la mirada, entró al elevador y se fue.
Lo de su renuncia no se lo había dicho a Virginia.
Al llegar a casa, dejó directamente un acuerdo de renuncia frente a ella.
Virginia estaba desbordada de cariño con el bebé; lo tenía en brazos dándole besos, y de pronto le apareció ese documento enfrente.
No le dio importancia.
—¿Y esto qué? A ver, léemelo.
—Es el acuerdo de renuncia. El mío con Holding Rivadeneira. Aquí están mi firma y la de Federico.
Gloria fue hasta la última hoja y se quedó viendo la firma de Federico.
—¿Qué chingados? —Virginia dejó al bebé y le arrebató el documento. Lo hojeó una vez y se le subió el tono—. ¿Qué chingados?
—¿Cuándo pasó esto? ¿Cómo que renunciaste así nomás?
Virginia se puso de pie y la escaneó de arriba abajo.
Traía una pijama de seda roja con puntitos amarillos y el pelo todo alborotado; cualquiera habría pensado que se había escapado de un psiquiátrico.
—¡Estoy acá!
Gloria abrió la ventana y le gritó.
—Se me olvidaba que tú te la vives en su casa.
Jaime volteó, cruzó la calle trotando y se plantó bajo la ventana. De pronto sonrió de oreja a oreja.
—¿Sí renunciaste? Ya le dije a mi papá. Tu carta de ingreso llega en breve. Luego te regresas a la oficina de Belgrano Norte o eliges otra sucursal, como quieras.
Gloria asintió.
—Ya sé.
—¿Celebramos hoy? —Jaime estaba feliz—. Para festejar que ya saliste de ese infierno.
—Vamos a cenar guiso. Caele tú también.
Gloria, desde la ventana, estiró la mano hacia él.
—Señor Granados, de aquí en adelante… espero contar con usted.
***

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