En la hora de comida, Gloria estaba descansando en su lugar cuando la jefa de secretarias, Leticia Galindo, se acercó a platicar.
Gloria ya tenía casi tres meses de embarazo. Aunque seguía con brazos y piernas delgadas, su figura —que de por sí era muy marcada— se había vuelto más llena.
En estos días, hasta el traje sastre le quedaba más ajustado.
Al oír a Leticia, Gloria se acomodó la ropa, instintivamente.
—Sí, subí unos kilos. Ya con la edad, el metabolismo no ayuda.
Desde que se aclaró lo del “soplón”, la mayoría de los compañeros volvió a confiar en ella y la trataban igual.
Leticia llevaba dos años más en la empresa. Cuando Gloria entró, le echó la mano varias veces; era buena gente.
Leticia se sentó enfrente con un vaso de agua tibia.
—A ver, ya en confianza… ¿qué onda con el señor Granados?
Gloria sonrió, cansada.
—El señor Granados estaba jugando. Yo soy una simple secretaria; me usó para picarle el orgullo al señor Córdoba.
Leticia asintió varias veces.
—Yo también pensé eso. Para los ricos, uno es una pieza que mueven a su antojo. Qué bueno que me lo dices; me daba miedo que lo tomaras en serio.
—Cómo crees —Gloria estiró la boca en una sonrisa que no le llegó a los ojos.
En su momento, cuando Federico le propuso casarse, ella sí lo tomó en serio.
Pensó que casarse con él era “ya la hice”. Era una ingenua.
Ahora tenía la cabeza fría.
—Oye, tengo un sobrino, es dos años mayor que tú, estudió fuera. ¿Te lo presento?
Leticia sacó el celular, buscó una foto y se la mostró a Gloria.
—Ya estás en edad de pensar en algo formal.
—Por ahora no quiero andar saliendo con nadie —dijo Gloria. Ni siquiera miró la foto; solo le regresó el celular.
Con un bebé en camino, ir a “conocer gente” era perderle el tiempo a otros… y mentir.
—Ahorita no quieres, pero te conviene.
Leticia le mandó la foto al celular a Gloria.
—Así la señorita Orozco deja de traerte entre ojos.
Los chismosos veían el drama sin pensar y creían que Gloria se estaba metiendo entre Federico e Irene.
Era la voz áspera de Federico.
Gloria cambió de rumbo y entró a su oficina.
—Ve a tu casa a empacar. Te vas de comisión a San Aurelio. Mínimo tres días, máximo siete.
Detrás de los lentes de armazón fino, Federico la miró como rayo.
—En dos horas, nos vemos en el aeropuerto.
Gloria soltó, sin pensarlo:
—Según yo, en San Aurelio no tenemos socios.
—Después de este viaje, sí.
Federico siempre conseguía información y proyectos antes que nadie. Con el Proyecto Altavista todavía sin terminar, si se iba hasta San Aurelio era porque venía algo grande.
Gloria dudó un momento.
—¿Por qué no va usted con Pablo y yo me quedo para cualquier cosa que salga aquí?
—Pablo se queda. Tú vienes conmigo.

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