—No hay problema, iré a dar una vuelta por el jardín —dijo Renato. Se levantó y caminó hacia el arco de cristal que daba al exterior.
Elara no pudo evitar observar, completamente pasmada, la firmeza y elegancia de sus largas piernas al caminar.
¿No decían que estaba paralítico?
¿No se suponía que andaba en silla de ruedas?
¿Entonces de quién eran esas piernas que se movían con tanta naturalidad?
Mientras su mente trataba de procesarlo, aquellos pasos se detuvieron de golpe.
El hombre se dio la vuelta y clavó sus ojos directamente en ella.
Ambas miradas chocaron en el aire.
Las pupilas de Elara temblaron. ¿Tenía ojos en la nuca? ¿Se había dado cuenta de que lo estaba observando?
Un segundo después, bajó la vista rápidamente, haciéndose la desentendida.
—Me dijeron que preparas un buen té.
¿Le estaba hablando a ella?
Fuera o no fuera para ella, fingió que no lo era. Después de todo, no había pronunciado su nombre.
—¡Joven Renato! ¿Se le antoja un té? Yo soy buenísima preparándolo, ¿quiere que le haga uno? —exclamó Luci mientras se ponía de pie, emocionada, y caminaba con prisa hacia él.
El asistente de Renato, Fabián, levantó una mano, bloqueándole el paso de forma tajante.
—Señorita Lucero, el señor Soler no le estaba hablando a usted —dijo, cortante.
El rostro de Luci se encendió de la vergüenza. Hizo un puchero, mirando a Renato con ojos de cordero degollado.
—Joven Renato, su asistente me está tratando mal.
Renato la ignoró por completo, dio media vuelta y salió al jardín.
Luci intentó ir tras él, pero el grito de Don Leonardo la detuvo en seco.
—¡Vuelve a sentarte!
Ella pisoteó el suelo con frustración, pero no se atrevió a desobedecer, regresando a su asiento a regañadientes.
Don Leonardo clavó la mirada en Elara, quien seguía con la cabeza agachada.
—Elara, ve al jardín y prepárale el té a Renato.

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