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Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado romance Capítulo 7

Rafael Salinas no solo era el hermano mayor de Nina, sino también uno de los mejores amigos de Dylan.

Hacía un año, cuando Nina intentó drogarla, fue Rafael quien dio la cara y le pidió disculpas personalmente a Elara.

En aquel entonces, Dylan le había preguntado si le molestaba que él siguiera siendo amigo de Rafael.

Elara tenía las cosas claras: Nina era quien había cometido el delito, no había razón para castigar a su hermano.

—Lo sé —respondió Elara con tranquilidad.

Dylan la miró sorprendido.

—¿Cómo lo sabes?

Él siempre había sido transparente con ella. Notó que ni siquiera había pronunciado el nombre de Nina, refiriéndose a ella únicamente como «la hermana de Rafael».

Cualquier rastro de duda o molestia que Elara hubiera sentido, desapareció por completo.

—Adivina —respondió con una sonrisa juguetona.

—¿Acaso tienes espías vigilándome? —bromeó Dylan, siguiéndole el juego.

—Qué cosas dices —lo reprendió suavemente—. Si de verdad quisieras serme infiel, vigilarte no serviría de nada. Me lo contó Aurora.

—Esa mujer está en todas partes —murmuró Dylan con una sonrisa de resignación.

Durante las siguientes dos semanas, Elara apenas vio a Dylan.

Él le había prometido dejar todos los asuntos importantes de la empresa resueltos antes de que comenzara su licencia de maternidad. Quería tener el tiempo libre para estar a su lado y esperar juntos la llegada de su hijo.

Ese era su último día de trabajo. Solo faltaban un par de semanas para la fecha de parto, y al día siguiente comenzaría oficialmente su descanso.

Justo cuando terminaba de ordenar unos expedientes, el director del hospital apareció en su consultorio.

Benjamín vio que Elara se levantaba para ofrecerle té y se apresuró a detenerla.

—No te molestes, Elara. No vengo a tomar nada, solo a decirte un par de cosas antes de que te vayas.

—Quédate sentada, por favor. No te esfuerces —insistió el director mientras caminaba hacia la puerta. De pronto se detuvo y la miró sobre su hombro—. Todavía faltan dos meses para cerrar la lista. Si cambias de opinión, dímelo.

Elara sabía que no iba a cambiar de opinión, pero no quería ser descortés ante la genuina preocupación de su mentor, así que asintió con una sonrisa.

—De acuerdo.

Una vez sola, comenzó a empacar sus pertenencias. Tenía por delante más de tres meses de licencia, tiempo perfecto para repasar libros de medicina y prepararse para el examen de médico en jefe tras el parto.

Entre libros y objetos personales, terminó llenando una caja de cartón entera.

Con lo avanzado de su embarazo, empacar la había dejado jadeando. Se sostuvo la espalda baja y se dejó caer pesadamente en la silla, alcanzando su celular.

Eran las cinco y media de la tarde.

Dylan le había prometido llegar temprano para ayudarla a recoger sus cosas y luego ir juntos a cenar a la mansión de los Lucero. Ya había pasado media hora desde el fin de su turno, ella ya había empacado todo sola, y él seguía sin aparecer.

Marcó su número. El teléfono sonó y sonó hasta que la operadora cortó la llamada.

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