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Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado romance Capítulo 8

Elara frunció el ceño, extrañada.

Antes, él jamás dejaba que el teléfono sonara más de tres veces, y los mensajes los respondía al instante. Pero últimamente, era muy común que no contestara las llamadas y tardara horas en responder un texto.

¿De verdad estaba tan ocupado?

Una punzada de desilusión le oprimió el pecho. Sentía como si Dylan ya no le prestara la misma atención de antes.

Pero luego recordó que él estaba trabajando a marchas forzadas para poder tomarse los días libres y estar con ella cuando naciera el bebé. Esa idea logró calmar su angustia casi por completo.

Ya no tenía caso seguir esperando; mejor se iba por su cuenta.

Como Dylan había quedado en recogerla, le había dicho al chofer que no fuera necesario, así que no le quedó más remedio que pedir un taxi desde su celular.

Tomó la caja y caminó con dificultad hacia la salida. Con la barriga tan grande, cargar peso era una odisea.

Si la bajaba mucho, le aplastaba el vientre.

Si la subía, no podía ver por dónde caminaba.

Por suerte, apenas asomó al pasillo, uno de los médicos internos que estaba a su cargo la vio y corrió a quitarle la caja, acompañándola hasta que estuvo segura dentro del taxi.

Apenas puso un pie en casa, el teléfono sonó. Era Viviana, su suegra.

—¿Se puede saber qué horas son estas? ¿Por qué no han llegado?

El tono impaciente dejaba en claro su evidente enojo.

La familia Lucero siempre había querido que Dylan se casara con Nina Salinas. El hecho de que él los hubiera desafiado para casarse con Elara la había convertido en la persona no grata de la familia.

Por más que ella intentaba ser sumisa, respetuosa y cuidaba cada uno de sus pasos, nunca logró ganarse su aceptación.

Con el tiempo, Elara entendió que no se puede obligar a nadie a quererte, así que dejó de esforzarse por complacerlos.

Fuera de la cena obligatoria de los domingos en la mansión familiar, Elara procuraba no cruzarse jamás en el camino de los Lucero.

El problema era que ese día no era domingo. Sin embargo, desde temprano, su suegra le había advertido que ella y Dylan debían estar presentes en la cena familiar sin falta.

Si los Lucero mandaban en Solsepia, frente a la familia Soler no eran más que un chiste.

Los Soler eran un imperio con más de un siglo de historia; su poder y sus conexiones se extendían por todo el mundo.

Si la familia Lucero era un tiburón de estanque, la familia Soler era el mismísimo Leviatán del océano.

Tenían un poder abrumador y raíces en los lugares más inesperados.

Renato, siendo el primer nieto y heredero principal de los Soler, había llegado a la Capital para desatar una guerra sin cuartel.

Se decía que era un hombre implacable, de sangre fría, capaz de destruir a su propia familia si era necesario. En el mundo de los negocios, su brutalidad y precisión habían hecho temblar a sus rivales. En apenas dos años, había barrido con todos sus enemigos para sentarse, intocable, en la silla de presidente de la Corporación Soler.

Elara solo lo había visto una vez en su vida: el día de su boda con Dylan.

Era un hombre de un atractivo paralizante, con facciones tan perfectas y talladas que te robaban el aliento con solo mirarlo.

Pero su presencia era aterradora. Emanaba un aura gélida y un magnetismo oscuro, tan imponente que obligaba a cualquiera a bajar la mirada.

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