Elara preguntó sin darle mucha importancia:
—¿Qué le pasó al bebé?
—Los detalles no los sé. Hoy, después de que me quitaron el suero, tuve que darme una vuelta por el departamento legal del Consorcio Lucero. Mientras hacía unos trámites, escuché a la gente comentando que los Lucero están a punto de cerrar un trato con el Consorcio Salinas. Y claro, las chismosas de siempre aprovecharon para sacar a relucir la vieja historia de tu esposo con Nina Salinas.
Elara frunció el ceño.
—¿El Consorcio Lucero va a hacer negocios con los Salinas?
Aurora la miró sorprendida.
—¿Dylan no te lo dijo?
Elara negó con la cabeza.
—No.
—Creí que ya lo había hablado contigo.
—Yo nunca me meto en sus asuntos de trabajo.
—Esto es diferente, Elara. Tiene que ver con Nina Salinas. Él no debió ocultártelo.
Elara apretó los labios y guardó silencio.
Al notar que Elara se había entristecido, Aurora reprimió su propia indignación y suavizó el tono.
—Cuando lo veas, pregúntale de frente. Quizás haya una buena razón. En el matrimonio, la comunicación es clave.
Elara asintió lentamente.
—Sí, tienes razón.
Esa noche, al llegar a casa, Elara no podía quitarse un peso del pecho. Probablemente eran las hormonas del embarazo haciéndole jugarretas a su mente.
No dejaba de darle vueltas al asunto. ¿Por qué Dylan le había ocultado lo de la asociación con el Consorcio Salinas?
Y, si ya estaban en pláticas de negocios, era obvio que Dylan sabía que Nina había vuelto al país. Sin embargo, jamás la mencionó.
¿Por qué tanto misterio?
¿Era porque no la consideraba digna de confianza, o...
...porque ocultaba algo sucio?
Eran más de las once de la noche cuando Dylan finalmente llegó a casa. Al entrar a la habitación y ver a Elara leyendo en la cama, se acercó y se sentó en el borde.
Casi había dudado de él por nada.
Dylan la miró a los ojos con total seriedad.
—Elara, si tú no estás de acuerdo, no firmaré nada con los Salinas. No me importa cuánta presión me pongan los accionistas. Para mí, tu tranquilidad es más importante que cualquier negocio.
Hacía un año, Dylan había cortado todos los lazos comerciales con los Salinas por ella. Aquello provocó pérdidas millonarias y los accionistas casi se amotinan, pero él usó su autoridad para callarlos a todos.
Durante este último año, la junta no había dejado de presionarlo para retomar la alianza, convirtiéndose en un dolor de cabeza constante para él.
Si él hubiera aceptado el trato a sus espaldas, ella se habría sentido herida y traicionada.
Pero la verdad era que él había estado soportando todo el peso del corporativo para protegerla.
Elara era el tipo de persona que, si le dabas una gota de cariño, te devolvía un océano.
Sabiendo todo lo que Dylan había sacrificado por ella, ¿cómo podía ser tan egoísta de obligarlo a seguir lidiando con esa presión?
Además...
—Hacer negocios es para ganar dinero, ¿por qué habría de oponerme? Nuestro hijo está por nacer y los gastos solo van a aumentar.
—Siempre has sido más madura que yo. Fui un tonto por dudar —dijo Dylan, sonriendo aliviado. Luego, como si recordara algo de golpe, añadió—: Por cierto, Rafael me comentó que su hermana volvió al país.

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