Dylan se interpuso rápidamente para proteger a Elara.
—¡Mamá, tranquilízate!
Viviana miró a su hijo como si estuviera loco.
—¡Te puso los cuernos en tu propia cara y todavía la defiendes!
—Elara no es esa clase de mujer. —Dylan se giró hacia Elara—. Mi amor, yo confío en ti. Explícale a mi madre qué fue lo que pasó, por favor.
Aunque sus palabras destilaban confianza, Elara pudo captar perfectamente la sombra de duda que se escondía en el fondo de sus ojos.
Había soltado la bomba delante de toda la familia a propósito, para evitar que llegaran chismes tergiversados a sus oídos y perdiera el control de la narrativa.
—Hubo un error en los estudios que nos hicimos en la clínica privada. Ahorita acabo de ir al laboratorio y resulta que mi verdadero tipo de sangre es O, exactamente igual que el de Vali.
Viviana frunció el ceño con desdén.
—Esos análisis los hicieron en el hospital privado de los Lucero. ¡Es imposible que se equivoquen!
Luciana no perdió la oportunidad de meter cizaña:
—Seguro andabas de resbalosa engañando a mi hermano y fuiste a tener a una bastarda que...
—Don Leonardo —La voz profunda e imponente de Renato cortó el aire, y el caos de la habitación se silenció al instante.
Elara dirigió su mirada hacia él. No se había dado cuenta de en qué momento terminó su llamada, pero ahora sus ojos oscuros e imperturbables estaban fijos en don Leonardo.
Don Leonardo esbozó una sonrisa diplomática.
—Renato, ¿ya terminaste tus asuntos?
Renato asintió levemente. Su mirada afilada y penetrante escrutó a Luciana y a Viviana antes de volver a clavarse en el patriarca de los Lucero.
—¿Estos son los modales de la familia Lucero?
La sonrisa de don Leonardo se congeló. Captó de inmediato el sarcasmo oculto: Renato le estaba echando en cara la falta de educación de su familia. Furioso, se volvió hacia Luciana.
—¡Es tu cuñada! ¡¿Cómo te atreves a hablarle de esa manera?!

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