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Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado romance Capítulo 106

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En la Casona Lucero.

Viviana escuchó el tono de ocupado en la línea y miró la pantalla de su celular sin poder creerlo. Al confirmar que Elara le había colgado, gritó furiosa: —¡¿Se atrevió a colgarme?! ¡Qué insolencia, se cree intocable!

Luciana bajó las escaleras luciendo un vestido despampanante. Como Renato cenaría allí esa noche, se había esmerado muchísimo en su arreglo personal. —Mamá, ¿quién te colgó?

Viviana apretó los dientes. —¡Elara!

La sonrisa de Luciana se borró de inmediato. —Se aprovecha de que mi hermano la mima. Cada día está más insoportable. Mamá, ¡tienes que ponerla en su lugar de una vez por todas!

Viviana deseaba hacerlo más que nada, pero... —Hoy no se puede. Renato está aquí.

—¡Entonces aguántate y no hagas un escándalo ahora! ¡Cuando Renato se vaya, la destruimos!

Luciana siempre había menospreciado a Elara, pero lo que más le hervía en la sangre era que esa mujer la había hecho quedar en ridículo frente a Renato una y otra vez. Lo del té y lo que pasó en el hospital hacía unos días... no lo olvidaba. ¡Ahora que tenían una excusa perfecta, no la dejaría escapar!

—Tienes razón —asintió Viviana, con los ojos brillando de malicia—. Pero, ¿cómo le doy su merecido? Esa mosca muerta tiene la piel muy gruesa. Siempre que la regaño, se hace la sorda y no dice nada. ¡Me deja con el coraje atorado!

Luciana pensó un momento, se acercó al oído de su madre y le susurró su plan.

A Viviana se le iluminó el rostro y asintió repetidamente. —Me parece perfecto. Eso haremos.

La cena en la casona estaba programada a las seis.

Elara llegó con diez minutos de anticipación. Al entrar a la sala, vio a Renato y a Don Leonardo concentrados en una partida de ajedrez. Viviana y Luciana estaban en los sofás, pegadas a sus celulares. Al verla entrar, la madre fingió demencia y la hija le rodó los ojos.

A Elara le dio exactamente igual. No quiso interrumpir el juego de ajedrez, así que buscó un rincón donde sentarse. Miraba el reloj constantemente y lanzaba vistazos hacia la puerta.

Cualquiera juraría que estaba ansiosa esperando a su marido.

Todos pensaban que estaban tan enamorados que no soportaban estar separados ni un segundo.

Lo que nadie imaginaba era que Elara estaba aterrorizada de que Dylan no apareciera y perdiera la oportunidad de acorralarlo para que firmara los papeles del divorcio.

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