Abajo, Elara estaba sentada en el sofá, enviándole mensajes a Marta para saber cómo seguía Vali. Podía sentir las miradas envenenadas que Viviana le lanzaba de reojo. Sabía perfectamente que estaba que echaba humo porque le había colgado el teléfono.
Pero como Renato seguía ahí, la mujer se mordía la lengua para no hacer un escándalo.
Luciana llevaba un buen rato parada junto a las escaleras, ansiosa. Apenas vio a Renato bajar, corrió hacia él con una sonrisa deslumbrante, ofreciéndole una caja de regalo.
Pero antes de que pudiera acercarse a él, Fabián dio dos pasos al frente y le bloqueó el paso.
Luciana frunció el ceño con disgusto. —Fabián, ¿qué haces estorbando? Este regalo es para Renato.
Fabián extendió la mano.
Luciana alejó la caja. —Se lo voy a dar a Renato en sus manos, no a ti. —Luego miró al magnate—. Renato, te elegí este regalo con mucho cariño. Seguro te va a encantar.
—Gracias —respondió Renato con un tono frío y distante. Agradeció por pura cortesía, sin hacer el menor ademán de tomar la caja.
Fabián volvió a hablar: —Señorita, todo lo que se le entregue al Señor Soler debe ser inspeccionado minuciosamente por seguridad.
Luciana se ofendió y alzó la voz. —¡Soy familia de Renato, no le haría ningún daño!
Don Leonardo, que tomaba té en la sala, al ver que Renato no decía una palabra, se levantó apoyándose en su bastón y caminó hacia ellos mientras la regañaba: —Luciana, no seas malcriada.
Luciana hizo un puchero, bufó hacia Fabián, le empujó la caja en las manos y se cruzó de brazos, echando chispas.
Don Leonardo se paró frente a Renato con una sonrisa paternal. —Tu hermana aún es joven y no sabe comportarse. Disculpa las molestias.
—No hay problema. —Renato volvió a mirar su reloj—. Tengo asuntos pendientes, me retiro.
—Muy bien, cuídate en el camino. Ya sabes que esta es tu casa y puedes regresar cuando quieras.

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