—¡Fue su culpa por andar de descuidada! ¿Por qué tenían que castigar a mi hermano? ¡Y ahora tiene el descaro de tratarnos a todos como basura! ¡Abuelo, tienes que castigarla! ¡Enciérrala en el cuarto de castigo para que reflexione, antes de que se vuelva más incontrolable!
Una sonrisa cargada de desprecio apareció en los labios de Elara. —Conque... ¿yo misma provoqué mi hemorragia por andar de un lado a otro?
—¿Acaso miento? Estabas a punto de parir y...
—¡Cállate de una buena vez! ¡Nadie te pidió tu opinión sobre mis asuntos! —bramó Dylan, cortando a Luciana de tajo.
Luciana jamás imaginó que, por salir a defenderlo, él terminaría gritándole. Sus ojos se llenaron de lágrimas de rabia y frustración. —¡Antes yo era tu consentida! ¿Y ahora me gritas por culpa de una arrimada?
Viviana, al instante, agarró la mano de su hija y miró a Dylan con el ceño fruncido. —¿Qué te pasa? ¿Por qué le gritas así a tu hermana?
Dylan tenía el rostro endurecido por la furia. —Elara no es ninguna arrimada, es mi esposa. —Luego apuntó a Luciana—. Si vuelves a faltarle el respeto o la llamas por su nombre sin el respeto que merece, te cancelo todas las tarjetas de crédito.
Luciana apretó los dientes con tanta rabia que casi se los rompe, pero no se atrevió a decir ni una palabra más. Si de verdad le cortaba las tarjetas, ¿de qué iba a vivir?
Elara, al ver a Dylan tan furioso, y a Viviana y Luciana calladas y temblando de coraje, se quedó paralizada por un momento.
Hasta ese instante comprendió que las veces anteriores en las que Dylan supuestamente la "defendía", solo habían sido palabras tibias que no servían para nada.
Si siempre la hubiera defendido con esa misma ferocidad, jamás habría tenido que soportar tantas humillaciones de esa familia.
Pero ahora lo hacía... ¿solo para evitar que ella revelara la verdad sobre su hemorragia?
Él sabía perfectamente que su familia la estaba culpando injustamente y, aun así, por salvar su propio pellejo, prefería guardar el sucio secreto.
¡Ja!
Qué hombre tan hipócrita y egoísta.
—¡Basta ya de tanto alboroto! Cada quien a sus cosas. Dejen de hacer ruido en mi casa —ordenó Don Leonardo con fastidio, dándose la vuelta para volver al interior de la mansión.

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