El rostro de Don Leonardo se oscureció al instante.
—¿Me estás amenazando?
—No es una amenaza, es un hecho —respondió Elara con calma.
Dylan nunca creyó que Elara fuera en serio. Pensó que haría un berrinche, gritaría un poco y al final lo perdonaría. Pero al ver la fría resolución en sus ojos, el pánico lo invadió.
La tomó de la muñeca bruscamente.
—Elara, me equivoqué. No nos divorciemos. Tenemos a Vali... Ella es tan pequeña, ¿cómo tienes el corazón para separarla de mí?
Una sonrisa helada se dibujó en los labios de Elara.
—¿Hasta ahora te acuerdas de tu hija? Cuando te revolcabas con ella, ¿dónde quedó tu memoria? ¿Dónde estaba tu responsabilidad como padre? ¡Es demasiado tarde para usarla como excusa!
Elara intentó soltarse, pero Dylan, en lugar de aflojar el agarre, tiró de ella con fuerza y la atrapó en sus brazos.
—Elara, te amo. No me dejes. Te daré lo que me pidas, pero por favor, no te divorcies de mí.
El abrazo, el aroma a su loción... todo lo que antes le resultaba familiar ahora solo le provocaba náuseas. Se removió con desesperación, pero los brazos del hombre la apresaban como cadenas de acero.
Llevada al límite, levantó el pie y le pisó el empeine con todas sus fuerzas. Cuando Dylan aflojó el agarre por el dolor, Elara lo empujó violentamente.
—¡No quiero nada de ti! ¡Solo quiero el divorcio!
—Elara...
—¡Basta! —rugió Don Leonardo, golpeando el piso con su bastón. Estaba furioso. Nunca imaginó que el nieto del que tanto se enorgullecía se rebajaría de esa manera por una mujer. Qué vergüenza.
La sala quedó sumida en un silencio sepulcral.
Don Leonardo miró a Elara.
—Si quieres divorciarte, está bien. Pero...
—Abuelo —lo interrumpió Dylan, intentando decir algo, pero al encontrarse con la mirada severa del anciano, se calló. Tras sostenerse la mirada unos segundos, Dylan pareció entender el mensaje oculto de su abuelo. Bajó la mirada y no dijo más.
Don Leonardo se dirigió a Elara.
—Para obtener el divorcio, debes cumplir dos condiciones.
—¿Cuáles? —preguntó Elara.

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