Elara, Viviana y Luciana siguieron al empleado hacia el interior. Caminaron unos dos minutos por un lujoso pasillo hasta llegar a la entrada de la inmensa sala de estar.
—Adelante —dijo el hombre, deteniéndose en la puerta.
Elara le agradeció con un asentimiento y el empleado se retiró.
Viviana, tomando a su hija del brazo, fue la primera en cruzar el umbral con aires de grandeza.
Elara entró detrás de ellas. En el centro de la sala, vio a Don Leonardo charlando amenamente con una elegante anciana. Él lucía una sonrisa cargada de respeto y reverencia, lo cual dejaba claro que aquella mujer debía ser la matriarca de la familia, Doña Matilde Soler.
A pesar de su edad, la anciana irradiaba una tremenda vitalidad. Llevaba su cabello plateado recogido en un moño impecable y en sus labios se dibujaba una sonrisa amable y serena.
A lo largo de todo el año que llevaba casada con Dylan, era la primera vez que Elara visitaba la mansión de los Soler y la primera vez que conocía a Doña Matilde.
Después de que Viviana y Luciana terminaran de adular a la anciana, Elara se acercó con respeto.
—Es un honor conocerla, señora.
Los ojos curiosos de Matilde Soler se posaron en ella, evaluándola de pies a cabeza.
Tenía unas facciones finas y delicadas, con una figura esbelta y elegante. Aunque le habían contado que provenía de una familia humilde, el aura que la rodeaba era de una tranquilidad y distinción impresionantes. Su mirada era cristalina y honesta. Su sola presencia transmitía calma; no se mostraba ni sumisa ni arrogante.
Qué joven tan admirable, pensó la matriarca.
Curiosamente, a pesar de ser la primera vez que la veía, sintió una inexplicable conexión de familiaridad con ella.
—Tú debes ser Elara, la esposa de Dylan, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa cálida.
Elara asintió suavemente.
—Así es.
Dylan la miró desde un costado, esbozando una sutil sonrisa de satisfacción. Seguía siendo su esposa. Lo era ahora, y lo sería siempre.
Doña Matilde le hizo una seña con la mano a Elara.
—Ven, mi niña, siéntate a mi lado.
Elara sintió las dagas invisibles que Luciana le clavaba por la espalda. Era obvio que a la chica le ardía en el alma ver que, en su primer encuentro, la matriarca le concediera semejante privilegio.
Ignorándola, caminó y tomó asiento junto a la anciana.
—Me enteré de que diste a luz no hace mucho —dijo Doña Matilde en un tono muy maternal.
Elara sintió que la anciana desprendía una calidez que la invitaba a confiar y relajarse. Su expresión se suavizó de forma natural.

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