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Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado romance Capítulo 120

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Por un segundo, la imagen de Aurora cruzó por la mente de Elara, pero apagó la idea al instante.

Las familias ricas no eran un refugio seguro ni un cuento de hadas. Ella misma era la prueba viviente.

Al hacer un repaso de su año de matrimonio con Dylan, ¿había sido realmente feliz?

Para nada.

Dylan siempre estaba ausente, y todo lo que ella había recibido de su familia política eran humillaciones, desplantes y discriminación por no ser de su misma clase social.

Y la familia Soler estaba en un nivel de poder y riqueza infinitamente superior al de los Lucero. Las intrigas y la presión serían cien veces peores. Jamás arrojaría a su mejor amiga a ese infierno disfrazado de oro.

Antes de que pudiera pensar en una excusa elegante, Luciana interrumpió de golpe.

—Ay, señora, las amistades de ella son pura gente común y corriente. ¿Cómo van a estar a la altura de un hombre como Renato? Alguien de su posición tiene que casarse con una chica de buena familia, una verdadera señorita de la alta sociedad.

Elara conocía perfectamente las dobles intenciones de Luciana, pero por una vez en la vida, le dio la razón.

—Luciana tiene razón.

Luciana la miró con sorpresa. No esperaba que Elara se pusiera de su lado, pero pronto una chispa de superioridad brilló en sus ojos. Al menos sabe cuál es su lugar, pensó.

Doña Matilde frunció el ceño y le dio unas palmaditas suaves en la mano a Elara, mostrando su desacuerdo.

—Nada de eso. Para un buen matrimonio lo que importa no es tener la misma cantidad de ceros en la cuenta bancaria, sino la conexión de los corazones. Mírate a ti y a Dylan, son el ejemplo perfecto. Hacen una pareja hermosa y se nota que son inmensamente felices.

Elara esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos y prefirió guardar silencio.

—La señora Matilde tiene toda la razón —intervino Dylan, clavando una mirada cargada de intensidad y romance fingido en Elara—. En un matrimonio, la conexión del corazón es lo único que importa.

Al sentir la mirada de Dylan, Elara tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dejar caer su fachada. No estaba dispuesta a actuar en esa obra de teatro de amor eterno, así que cambió de tema rápidamente.

—Señora, ¿cree que ya sea hora de comer?

—¡Ay, qué cabeza la mía! —exclamó Doña Matilde con una risita—. Me entretuve platicando y se me olvidó que deben estar muertos de hambre. Vamos al comedor.

La anciana se levantó con calma y Elara le ofreció su brazo para ayudarla a caminar.

El grupo completo se trasladó al opulento comedor contiguo.

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