Elara sintió un profundo agotamiento. Discutir con alguien que simplemente no entendía su perspectiva era como hablar con una pared.
—No hay nada más que hablar. Este divorcio se hace porque se hace.
—Si sigues con tus caprichos, te lo advierto, vas a arrepentirte —le soltó Dylan antes de dar media vuelta y largarse.
En los labios de Elara se dibujó una sonrisa cargada de amargura. De lo único que se arrepentía era de haber estado tan ciega como para casarse con él.
Esa noche, Dylan no durmió en casa.
Al día siguiente, Elena y Esteban llegaron de visita. Traían consigo unas bolsas de mercado bastante pesadas y varios paquetes.
Elara se apresuró a recibirlos.
—Qué gusto verlos. Pero, ¿por qué trajeron tantas cosas?
—Te conseguí una gallina de rancho y huevos criollos —dijo Elena, señalando luego a su esposo—. Y tu papá te trajo verduras frescas del campo. Estas cosas no se consiguen en la ciudad ni teniendo todo el dinero del mundo. Estás muy delgada, necesitas alimentarte bien.
Aunque esos regalos desentonaban por completo con el lujo deslumbrante de la casa, a Elara le llenaron el corazón de calidez. Eran muestras del cariño de sus padres.
Habiendo crecido huérfana, atesoraba profundamente cualquier lazo familiar. Con el más mínimo gesto de amor que Elena y Esteban le dieran, ella se sentía agradecida por muchísimo tiempo.
Incluso cuando ellos mostraban un claro favoritismo por Thiago, ella se aferraba a estos pequeños detalles, repitiéndose a sí misma que sus padres también la querían.
Últimamente, todo el proceso del divorcio la tenía deprimida, pero en ese instante, sonrió de verdad.
—Ya me siento mucho mejor, no se preocupen.
Elena la tomó del brazo y la hizo sentarse en el sofá.
—Te veo más flaca. ¿Será que Vali no te deja dormir por las noches?
Era cierto que la bebé había estado intranquila después de su operación, pero ya estaba mucho mejor. Acostumbrada a guardarse los problemas para no preocuparlos, Elara solo respondió:
—Vali se porta muy bien.
Elena la miró de reojo, midiendo sus palabras.

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