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Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado romance Capítulo 209

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Elara contestó la llamada y la voz llena de preocupación de Aurora Quiroga resonó al otro lado.

—Acabo de ver todo el desastre en internet, ¿cómo estás?

—Tranquila, no es nada grave. Fue solo un golpe de calor por el solazo y algunos rasguños, pero ya me curaron.

—Te escucho muy débil, tu voz no suena como siempre.

—Aún no me recupero del todo, eso es todo. Un buen sueño y mañana estaré como nueva.

—No me quedo tranquila, me dan unas ganas locas de ir a verte a la Capital. Pero sigo con gente que viene a ver tu casa, y las remodelaciones del orfanato ya empezaron; es imposible dejar esto solo.

—De verdad, estoy bien. Tienes muchísimo trabajo y además me estás ayudando con mis cosas, has hecho más que suficiente. En cuanto acabe este caos, iré a visitarte.

Estuvieron charlando animadamente por un buen rato hasta que colgaron.

Dylan se acercó con un plato lleno de fruta recién lavada: había cerezas, moras, frutas de ojo de dragón y trozos de manzana picada.

Pinchó un pedazo de manzana y lo acercó a la boca de Elara.

—Todo esto te ayudará a reponer fuerzas, deberías comer bastante fruta.

Elara retrocedió un poco, intentando instintivamente levantar su brazo derecho para tomar el plato, pero Dylan se adelantó y le sostuvo suavemente el brazo.

—Te lastimaste esta mano, no debes moverla. No me dejaste darte la comida en la boca, ¿al menos me dejas darte la fruta?

—No creo que sea buena idea.

Dylan la miró fijamente, buscando algo en sus ojos.

—Esa manía tuya de marcar distancia todo el tiempo... ¿es porque en el fondo sigues sintiendo algo por mí?

Sus palabras no eran más que un gancho, una pequeña trampa para hacerla tropezar.

Elara le respondió con absoluta frialdad:

—Te estás haciendo películas en la cabeza. Solo considero que, con la relación que tenemos ahora, este tipo de atenciones están de sobra.

No hubo ni una pizca de indignación ni sobresalto de alguien que ha sido descubierto. Fue una declaración tan fría y desapasionada que a Dylan le heló la sangre. ¿De verdad ya no sentía nada por él?

No. No quería creerlo.

No había pasado tanto tiempo. ¿Cómo alguien podía arrancar de raíz los sentimientos de tantos años en cuestión de uno o dos meses?

Solo estaba resentida, todavía no lo había perdonado. Tenía que ser eso.

—Elara... —empezó Dylan, pero antes de que pudiera terminar la frase, la puerta de la habitación se abrió de golpe, y una voz fresca y vivaz inundó el cuarto.

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