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Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado romance Capítulo 25

Nuevo hogarEsa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado ya está en NarraverseSigue leyendo en nuestro nuevo sitio: un lector más limpio, páginas más rápidas y los capítulos más recientes.Leer en Narraverse

Enseguida llegaron al tercer piso.

Las puertas se abrieron. Santiago se preparó para salir, pero Elara se quedó inmóvil.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Elara soltó una sonrisa amarga. ¿En qué momento se había vuelto tan cobarde?

—Nada, vamos.

Ambos salieron al pasillo.

Elara se giró para mirar el tablero con la información de los especialistas.

Al ver que el panel era idéntico al que aparecía de fondo en la videollamada de Dylan de la noche anterior, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Mentiras. Todo sobre el cliente y el lavado gástrico era una mentira.

¡La había engañado! ¡Todo era una farsa!

Y ella, como una idiota, se había muerto de preocupación por él.

Había imaginado mil escenarios horribles: que él estaba intoxicado por el alcohol, que se había metido en una pelea, que había sufrido un accidente...

Pero la realidad era que él estaba perfectamente bien. ¡Solo estaba cuidando a otra mujer!

Con razón no quería prender la cámara. Nunca fue a Altamira; sentía culpa y tenía pánico de que lo descubriera.

Y todas esas palabras de amor de anoche...

*Haberme casado contigo es lo mejor que me ha pasado en la vida.*

*Nunca te voy a dejar. Voy a cuidarte a ti y a nuestra hija toda la vida.*

Decirle tantas cosas hermosas mientras cuidaba de otra mujer, y ella se había sentido tan feliz y conmovida...

¡Era patético! ¡Tan patético!

Sintió como si una mano invisible le estrujara el corazón, desgarrándole las entrañas de dolor.

Elara se llevó una mano al pecho. Sintió que la sangre le hervía y se le agolpaba en la cabeza; el mundo empezó a darle vueltas y su visión se nubló por completo.

Santiago, al ver que ni siquiera podía sostenerse en pie y que lloraba a mares, palideció de terror.

—¡Elara, por favor, dime qué te pasa! ¡Me estás asustando!

De pronto, Santiago notó una mancha roja expandiéndose en el pantalón beige de Elara. Su rostro perdió todo color.

—¡Elara, estás sangrando!

¿Sangrando?

Elara miró hacia sus piernas, confundida. Al ver el intenso color carmesí, sus ojos se abrieron desmesuradamente. En ese instante comprendió que el dolor que sentía no era en el corazón, sino en su vientre.

¡Su bebé! ¡Su pequeña!

—Santiago... llévame a la sala de parto...

Antes de poder terminar la frase, Elara se desplomó en la más profunda oscuridad.

*Qué oscuro está.*

*Por más que intento abrir los ojos, no logro ver nada.*

*Mi bebé... tengo que salvar a mi bebé.*

Perdida y desesperada en aquella negrura infinita, intentaba avanzar hacia donde hubiera algo de luz, clamando por alguien que salvara a su hija.

De pronto, escuchó que alguien la llamaba.

—Elara.

Elara miró hacia el lugar de donde provenía la voz y vio un haz de luz cálida al final de la oscuridad. Dylan estaba ahí, en medio de aquel resplandor, sonriéndole.

Ella corrió hacia él, tomó su mano con desesperación y la llevó a su vientre.

—¡Dylan, el bebé! ¡Salva a nuestra hija!

Pero cuando lo hizo, sintió que su vientre estaba completamente plano.

El pánico la invadió.

—¿Dónde está mi bebé?

En ese momento, Nina apareció de la nada, riéndose de ella con burla.

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