¿Doctora Rosales?
Renato acababa de llamarla "doctora Rosales".
Era un título que escuchaba a diario. Cuando era subjefa médica en la Clínica La Paz en Solsepia, todo el mundo la llamaba así, y ya estaba completamente acostumbrada.
Pero al escucharlo de los labios de Renato, Elara sintió una intimidad inexplicable. Un cosquilleo recorrió sus oídos y su rostro se ruborizó sin poder evitarlo.
—Acuéstate, intenta relajar todo tu cuerpo. Te enseñaré una técnica de respiración para ver si logras conciliar el sueño.
Al ver a Elara sonrojada pero manteniendo una actitud tan formal y seria, Renato sintió un vuelco en el corazón. Extendió su largo brazo, tomó la mano de Elara y tiró de ella con suavidad.
Elara soltó un pequeño grito de sorpresa y, antes de darse cuenta, ya estaba sentada sobre las piernas de Renato. Con el rostro lleno de pánico, intentó levantarse de inmediato.
Pero él posó su gran mano sobre su cintura.
—No te compliques tanto, solo acompáñame a dormir.
—No puedo, estamos en el hospital.
—¿No dijiste que en esta sala no habría nadie más que tú?
Era cierto que nadie entraría, pero al recordar a las enfermeras afuera y a los cientos de pacientes en las habitaciones, el corazón de Elara se aceleró como loco. Sentía que estaba a punto de cometer una locura frente a todo el mundo.
—Pero...
—Estoy muy cansado.
Al ver la expresión de agotamiento en su rostro y sus ojos inyectados en sangre, Elara fue incapaz de negarse.
—Suéltame, me acostaré contigo.
Solo entonces Renato liberó la cintura de Elara y se quitó su saco oscuro.
Elara lo tomó rápidamente y lo colgó en el perchero cercano. Cuando se giró, Renato ya estaba recostado, habiendo apartado la mitad de la cobija, esperando que ella se metiera a la cama.
Elara pensó para sí misma que aquello parecía como un esposo esperando a que su mujer se fuera a la cama.
¿Qué estoy pensando? Debo calmarme. No es como si nunca hubiéramos dormido juntos.
Sin embargo, esa vez él estaba herido, era un paciente de verdad... Ahora... ¡ahora era distinto!
Bueno, ahora también es un paciente. ¿Acaso el insomnio no es una enfermedad?
Además, ella ya se había mentalizado, ¿no?
Sí, estaba mentalizada, pero jamás imaginó que ocurriría en el hospital.
La mente de Elara era un caos de voces contradictorias, llenándola de nervios y ansiedad.
Al ver que ella se quedaba inmóvil, Renato preguntó:
—¿Qué pasa?
—N... Nada —murmuró Elara, soltando un suave suspiro. Sin quitarse la ropa, se acostó en el borde de la cama dándole la espalda.
Renato observó la delgada figura de Elara y el amplio espacio entre ellos, en el que cabría fácilmente otra persona. Con una sonrisa de resignación, estiró el brazo y la atrajo hacia su pecho.
Elara se quedó rígida al instante. La voz grave del hombre resonó a sus espaldas.
—No tengas miedo, no muerdo.
La espalda de Elara estaba presionada contra el cálido pecho de él. Aunque los separaban varias capas de ropa, sintió que la piel que rozaba contra él ardía como si estuviera en llamas, y ese calor no tardó en propagarse por todo su cuerpo.
Se sentía como si la hubieran metido en un horno, sudando y a punto de colapsar.
Escuchando los latidos acelerados de su propio corazón, susurró:

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