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Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado romance Capítulo 394

Renato miró a Elara con una sonrisa en los ojos.

—¿Por qué siento como si estuviéramos teniendo una aventura prohibida?

Elara sintió que le hervía la sangre. Ella sentía exactamente lo mismo, pero ¿por qué tenía que decirlo en voz alta? Era demasiado vergonzoso.

—No digas tonterías. —Dejando atrás esas palabras, Elara salió apresurada de la sala de descanso, con el rostro ardiendo.

Apenas llegó a la estación, la enfermera de turno le preguntó:

—Doctora Rosales, ¿qué pasó con el paciente al que le dio un tratamiento especial anoche?

Era un paciente tan apuesto que la enfermera esperaba poder verlo de nuevo, pero no lo había visto salir en ningún momento después de entrar con la doctora.

Elara no esperaba que la enfermera aún lo recordara. Un fugaz destello de culpa cruzó por sus ojos, pero mantuvo una expresión imperturbable.

—Ya se fue hace rato.

—¿Cómo es posible? Estuve vigilando todo el tiempo y no lo vi salir —replicó la enfermera, muy extrañada.

Elara no supo qué decir. ¿En serio había estado vigilando toda la noche?

Los dedos de Elara, ocultos en los bolsillos de su bata, se encogieron ligeramente por el nerviosismo.

—Supongo que se fue cuando fuiste a hacer la ronda en las habitaciones.

—Oh, ya veo. —La enfermera soltó un suspiro de decepción.

En ese instante, se encendió la luz de llamada de la estación, por lo que la enfermera tuvo que ir de prisa a atender la habitación.

Elara aprovechó el momento para volver corriendo a la sala de descanso, agarró a Renato de la mano y lo arrastró hacia afuera a toda prisa.

—¡Vamos, rápido!

Renato observó la expresión culpable de Elara, como si fuera una ladrona atrapada in fraganti, y una leve sonrisa iluminó sus oscuros ojos. Verla tan asustada confirmaba que nunca antes había hecho algo tan atrevido. Pobre de ella.

Y, en efecto, Elara jamás había hecho algo tan escandaloso como esconder a un hombre en la sala de guardia y dormir con él. Pero no se arrepentía; lo hizo porque le dolía verlo así y solo quería que lograra descansar. Nada más que eso.

Acompañó a Renato hasta los elevadores.

—Baja tú primero, yo debo regresar a trabajar.

—¿A qué hora sales?

—A las ocho.

Renato asintió y subió al elevador.

Elara regresó a la sala de descanso y dobló la cobija perfectamente. Al arreglar la cama, notó en el aire una sutil fragancia a madera y un toque fresco; era el aroma inconfundible de Renato.

Aquel olor era la prueba silenciosa de que anoche había dormido en esa cama junto a él, y su rostro volvió a calentarse.

Tras arreglar la cama, abrió la ventana para ventilar la habitación y disipar cualquier rastro de él. Nadie debía enterarse.

A las ocho y veinte, Elara terminó su turno y tomó el elevador hacia el estacionamiento subterráneo. Mientras caminaba hacia su auto, dio la vuelta y se topó con Renato, de pie junto a su vehículo.

El hombre seguía usando su elegante abrigo oscuro. Su postura era recta, su aura distinguida y formal, y llevaba algo en las manos.

Elara miró a su alrededor asustada. Menos mal que se había quedado un poco más revisando historias clínicas antes de bajar, así que el estacionamiento estaba casi vacío a esa hora.

Aceleró el paso.

—¿Qué haces aquí? Hay mucha gente en el hospital.

Renato levantó ligeramente las bolsas que llevaba.

—Acompañarte a desayunar.

Elara, aterrada de ser vista, quitó rápidamente el seguro y abrió la puerta trasera del auto.

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