Renato, con una expresión de absoluta calma y un tono indiferente, intervino:
—Debes estar cansada de cargar todo eso, ¿no?
Al ver la imperturbable tranquilidad en los ojos de Renato, el corazón de Elara se tranquilizó de inmediato. Frotó ligeramente su mano.
—Sí, me duele un poco el brazo.
Resulta que solo le dolía el brazo. Silvia, sin sospechar nada más, comentó:
—Qué amable de su parte, doctora Rosales. ¿Qué clase de sopa nos trajo?
—Es un caldo de pollo muy ligero. Le quité toda la grasa, así que Doña Matilde puede tomar un poco sin problema.
La mirada de Silvia hacia Elara se volvió aún más cálida. Qué mujer tan considerada.
—Justo iba a prepararle un caldito, pero no quería dejarla sola. Su caldo llegó en el momento perfecto.
Doña Matilde la miró con ternura.
—Gracias, mi niña.
Elara sonrió tímidamente.
—Es lo menos que puedo hacer. Descanse, ya me tengo que ir.
Estaba rodeada por la familia Soler; no era el mejor lugar para quedarse por mucho tiempo, sobre todo porque Renato era demasiado atrevido y a ella le iba a dar un infarto.
Doña Matilde miró a Renato.
—Renato, acompaña a Elara a la salida.
—Mmm —asintió Renato. Colocó la canasta de frutas en la mesa de centro y le entregó el termo a la cuidadora—. Silvia, por favor, dale un poco de caldo a la abuela mientras esté caliente.
—De inmediato —respondió Silvia.
Renato miró a Elara, manteniendo su habitual semblante serio, y dijo con voz serena:
—Vamos.
Elara no pudo evitar sentir una profunda admiración por Renato. Hace apenas unos segundos le acariciaba la mano a escondidas, y ahora fingía no tener confianza con ella con total naturalidad. Era una maestría en el autocontrol que ella simplemente no poseía.
Caminaron hacia la puerta uno detrás del otro.
Violeta, carcomida por la culpa, sentía la urgencia de hablar con Renato.
—¡Espérenme un momento! Voy con ustedes —les gritó a sus espaldas, mientras se levantaba y tomaba su bolso—. Doña Matilde, tengo que regresar a clases, volveré a visitarla otro día.
—Ve con cuidado —respondió Doña Matilde, antes de dirigir su mirada a su nieto—. Renato, lleva a Vio a su universidad.
—Está bien.
Violeta corrió hacia Elara y se enlazó de su brazo para caminar juntas hacia la salida.
Al verlos salir, Isabel Soler tomó la iniciativa de despedirse únicamente de Violeta.
—¿Ya se retira, señorita Ávila? —La ignoró por completo a Elara, pues, a sus ojos, no era más que una oportunista intentando ganarse el favor de la familia Soler a través de Doña Matilde.
—Sí, tengo clases. —Violeta levantó su delicada mano para despedirse—. Hasta luego, señores.
Los tres salieron de la habitación y tomaron el elevador hacia el estacionamiento subterráneo.
Al salir del elevador, Elara miró a Violeta.
—Tú tienes que ir a tu escuela, yo me iré a casa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado