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Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado romance Capítulo 396

—Mamá —dijo Dylan, mirándola con gran seriedad—. Elara es mi esposa, lo fue en el pasado y lo será en el futuro. No me casaré con otra mujer en toda mi vida.

—Tú... —El pecho de Viviana subía y bajaba agitado por el enojo, mostrándose frustrada y decepcionada—. ¡Esa mujer te tiene embrujado!

Dylan no le contestó y en su lugar se dirigió a Sergio.

—Ve a tramitar el alta del hospital.

—Sí, señor. —Sergio dio media vuelta y salió.

Al recordar la gran mancha de sangre en la espalda de Dylan el día anterior, a Viviana se le empezaron a salir las lágrimas. Al ver que no podía detenerlo, intentó un punto medio.

—Si quieres ir a la Capital a buscarla, no te lo impediré, pero te ruego que esperes a que tus heridas sanen un poco. ¿Podrías hacer eso?

Al ver la preocupación en los ojos de Viviana y su rostro empapado en lágrimas, Dylan suavizó ligeramente su tono.

—Me cuidaré, no te preocupes. Conozco mis propios límites.

—Pero...

—Mamá, ve a mi casa y prepárame algo de ropa.

Viviana comprendió que Dylan estaba decidido a ir a la Capital, tal como cuando se empeñó en casarse con Elara; no había poder humano que lo detuviera.

Mientras caminaba hacia la salida, se secaba las lágrimas y murmuraba:

—Qué desgracia, qué maldita desgracia.

En la Capital, en Residencial Lomas de Santa Fe.

Después de llegar de su guardia nocturna, Elara cayó rendida en la cama. Despertó cuando ya eran las tres de la tarde. Se arregló rápidamente y se preparó para ir al hospital a visitar a Doña Matilde.

Antes de irse a dormir, le había pedido a Marta que preparara un caldo de pollo ligero.

Apenas salió de su cuarto, un delicioso aroma a comida inundó sus sentidos.

Marta estaba sentada en el sofá con Vali en brazos, dándole agua. Al ver a Elara caminar hacia la cocina, le advirtió:

—Acabo de apagar la estufa, ten cuidado de no quemarte con el caldo.

—Gracias. —Elara entró y, unos minutos después, salió con un termo en la mano. Se acercó a su hija, se inclinó y le dio un sonoro beso en su suave mejilla—. Hazle caso a Doña Marta, mamá tiene que salir un momento.

Vali miró a Elara con sus enormes ojos negros, moviendo los bracitos y balbuceando alegremente.

Marta soltó una carcajada.

—Mira nada más, quiere que la cargues.

El corazón de Elara se derritió de ternura y le dio otro beso en la otra mejilla.

—Cuando mamá regrese te abrazará todo lo que quieras. —Luego miró a Marta—. Ya me voy.

—Maneja con cuidado.

—Lo haré. —Elara salió, pasó a comprar una canasta de frutas y luego se dirigió al hospital.

Al llegar a la antesala de la habitación de Doña Matilde, encontró a tres personas sentadas. Estaba Isabel Soler y un hombre en silla de ruedas, de unos cincuenta años. Al ver a este hombre, Elara recordó de inmediato las palabras de Isabel de la noche anterior.

¿Vas a romperme las dos piernas como hiciste con tu tío Enrique?

Por el parecido con Renato, dedujo que debía ser su tío Enrique Soler.

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