Elara llegó al hospital.
Al verla con los recipientes térmicos, Ximena le preguntó:
—Doctora Rosales, ¿trajo su almuerzo?
—Es el desayuno. En un rato bajaré a ver a unos conocidos.
Al escuchar eso, Ximena recordó algo y se acercó a Elara con cara de chismosa.
—Escuché a las enfermeras decir que hace unas noches trajiste a un hombre guapísimo a tu oficina para una consulta privada. Y ayer agregaste a otro hombre igual de guapo a tu lista de pacientes. Doctora Rosales, ¿son la misma persona?
Elara no imaginaba que esos rumores volarían tan rápido.
—¿Ustedes no tienen trabajo que hacer?
Ximena notó que Elara no estaba molesta. Negó con la cabeza y sonrió.
—Normalmente nadie le presta atención a eso. Pero todas dicen que el tipo era increíblemente guapo. No solo tiene un rostro perfecto y un cuerpazo, ¡sino que tiene una presencia espectacular! ¡Dicen que es un espécimen rarísimo de hombre perfecto! Por eso la curiosidad nos está matando.
Elara sintió un repentino e inexplicable orgullo. Renato realmente era un hombre excepcional, y ese espécimen de hombre perfecto ahora era su novio.
Sabía que mientras más evitara el tema, más curiosidad despertaría. Además, Renato iba a seguir recibiendo tratamiento con ella; si actuaba con total normalidad, evitaría levantar sospechas.
—Sí, es la misma persona. Es un amigo que tiene mucho estrés e insomnio, así que lo estoy tratando.
Ximena se emocionó.
—¡La próxima vez que venga, tienes que avisarme para ir a verlo! Las enfermeras hablaban de él como si fuera un dios; tengo que comprobar qué tan guapo es tu amigo.
Elara pensó en Renato y una sonrisa involuntaria curvó sus labios.
—Sí, es bastante atractivo.
Ximena miró a Elara con asombro. Usualmente, Elara estaba completamente absorta en su trabajo clínico e investigaciones, siempre ocupadísima.
Incluso cuando Ximena le comentaba sobre los residentes guapos que llegaban al hospital, Elara se mantenía indiferente, sin emitir ningún juicio. Daba la impresión de que la traición de Dylan le había roto tanto el corazón que había perdido la fe en todos los hombres.
Pero ahora estaba admitiendo que este hombre era atractivo. Si hasta Elara lo reconocía, debía ser guapísimo de verdad.
La curiosidad de Ximena aumentó.
—¡No olvides avisarme cuando vuelva!
Elara sonrió, resignada.
—De acuerdo.
Después de la ronda de revisión matutina, Elara bajó con sus recipientes térmicos. Al llegar al noveno piso, se cruzó con Sebastián Zavala, que estaba haciendo rondas. A su lado estaba el director Benjamín, y detrás de ellos un gran grupo de jefes de departamento y médicos residentes. Una comitiva bastante imponente.
Como miembro de la junta directiva del hospital, Sebastián se encargaba principalmente de la parte administrativa; solo abría consultas unas cuantas veces de forma irregular, y rara vez se lo veía haciendo rondas en el área de hospitalización. Probablemente hoy estaba allí por Doña Matilde.
Elara no tenía intención de interrumpirlo, pero para su sorpresa, fue él quien la saludó primero.
—Buenos días, doctora Rosales.


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