Poco después, Renato le contestó. Elara observó el registro de sueño que él había anotado de la noche anterior. Mientras más lo leía, más fruncía el ceño. Tecleó rápidamente: "¿Puedes hablar?".
Menos de dos minutos después de enviar el mensaje, el teléfono de Renato sonó. Elara contestó de inmediato y preguntó con tono serio:
—Sumando todos los ratitos, ni siquiera dormiste una hora en toda la noche. ¿Por qué tan mal?
Del otro lado, solo se escuchó un murmullo grave:
—Mjm.
—No me digas "mjm" —insistió Elara, un poco alterada—. Tienes que decirme la razón. ¿No tomaste tu medicina anoche? ¿O hubo algo más que te perturbó?
Hubo un silencio de dos segundos antes de que él respondiera con una sola palabra:
—Tú.
Elara no entendió al principio.
—¿Yo por qué...? —dijo a medias, cuando de repente reaccionó. Renato quería decir que ella había sido su perturbación.
Anoche, mientras cuidaba a Dylan en el hospital, la llamada con Renato no había terminado bien. Él se había molestado. Por su culpa, él casi no había pegado el ojo en toda la noche. Sintiendo una mezcla de dolor y culpa, suspiró:
—Lo siento.
—Es mi problema, no tiene nada que ver contigo. No tienes que culparte —respondió él.
*¿Cómo que no tiene nada que ver conmigo?* pensó ella. Había sido su culpa. Si hubiera sabido que lo afectaría tanto, le habría devuelto la llamada en ese momento para hablar las cosas, entender por qué estaba molesto y darle una buena explicación. O mejor aún, habría ido a buscarlo directamente después de salir del hospital en lugar de esperar hasta esta mañana.
—¿Te preocupas por mí? —La voz grave y magnética del hombre viajó a través de la línea.
Elara no lo negó:
—Sí.
—¿Quieres una oportunidad para compensarme?
—¿Cómo te compenso?
—Acompáñame a dormir al mediodía.
Elara sabía que Renato se refería a hacerle compañía durante una siesta, pero la forma en que lo dijo sonó como si quisiera... Sus mejillas se encendieron al instante.
Sin embargo, en la terapia cognitivo-conductual para el insomnio, el control de estímulos era la técnica más importante. No importaba cuán mal hubiera dormido la noche anterior, tenía que levantarse a una hora fija, no quedarse en la cama y evitar las siestas durante el día. Era una regla cruel, especialmente para alguien como Renato, que había sufrido de insomnio durante quince años. Estaba acostumbrado a dormir mal de noche y recuperar el sueño de día. Cambiar ese hábito de golpe sería demasiado doloroso.
*Mejor ir poco a poco,* pensó. Hoy le permitiría descansar veinte minutos bajo su propia supervisión.
Al instante siguiente, a Elara se le ocurrió otro problema:
—¿Dónde vamos a dormir? En la sala de descanso al mediodía siempre hay gente durmiendo la siesta. No es conveniente.
—Reservaré una habitación en un hotel cercano.
Acompañarlo a dormir. Reservar una habitación de hotel. Mientras más hablaban, más sugerente sonaba todo.
A Elara se le pusieron las orejas rojas. Además, un hombre y una mujer solos en una habitación de hotel... ¿De verdad solo iban a dormir?
—Si no te resulta cómodo, olvídalo —dijo él.
—No es que no sea cómodo —respondió Elara casi por instinto. Luego, fingiendo estar tranquila, añadió—: Salgo a las once y media. Primero iré a comer, así que probablemente llegue después de las doce.
—¿No almorzaremos juntos?

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