—Pero es evidente que Renato no tiene ningún interés en ella. No vayas a provocarlo y terminemos peor —advirtió don Leonardo.
Los ojos de Dylan brillaron con cálculo.
—Me las arreglaré para que Luci se instale en la Mansión Soler. Siempre y cuando se comporte, incluso si no logra ganarse el favor de Renato, le hará compañía a la señora Matilde. Ganarnos su simpatía también nos será útil.
—Tienes razón. Si Luciana logra ganarse a la señora Matilde, la relación entre las familias Lucero y Soler podría estrecharse.
—Sí. Dile que haga las maletas y venga lo antes posible.
**
En la cafetería del Hospital Central.
Ximena notó que Elara estaba comiendo distraídamente.
—Doctora Rosales, ¿le pasa algo?
Elara apartó sus pensamientos de la idea de ir al hotel a dormir con Renato en un rato.
—No es nada.
—¿Entonces por qué está tan distraída?
Elara bajó la mirada, sintiéndose culpable.
—Anoche no dormí bien, estoy un poco cansada.
—Con razón tiene esas ojeras. Termine rápido para que vaya a descansar un rato a la sala de médicos.
—Tengo que salir a hacer un mandado en un rato.
—¿Y va a aguantar el ritmo?
—Estoy bien, de verdad.
Cuando terminaron de almorzar, Ximena volvió a su departamento y Elara condujo desde el hospital hasta el hotel que Renato le había indicado.
Había empezado el invierno, y en los últimos dos días las temperaturas en la Capital habían caído drásticamente, marcando bajo cero al aire libre.
Al entrar al hotel, una reconfortante ola de calefacción la envolvió, despojándola al instante del frío de la calle.
Mientras caminaba hacia la habitación, Elara empezó a sentir calor. No sabía si era porque la calefacción estaba muy alta o por los nervios. Pronto llegó a la puerta. Se detuvo, encogió un poco los dedos a sus costados y soltó un suave suspiro antes de tocar el timbre.
Poco después, Renato abrió la puerta. Tenía el cabello peinado hacia atrás con pulcritud. Llevaba una camisa gris humo abotonada hasta arriba y unos pantalones de vestir impecables, sin una sola arruga, que resaltaban sus largas piernas. La camisa fajada y el cinturón negro ceñido a su estrecha cintura le daban un aire riguroso y cautivador.
Elara entró en la habitación.
Renato cerró la puerta y le tomó la mano.
—¿Tienes frío?
—No.
—La calefacción aquí está bastante fuerte, puedes quitarte el abrigo.
En el momento en que él le tomó la mano, el cuerpo de Elara se tensó involuntariamente. Y al escuchar que le sugería quitarse la ropa, el corazón le dio un vuelco.
—De acuerdo —dijo en voz baja.
—Ve a la cama a dormir primero. Aún tengo que contestar unos correos urgentes. En cuanto termine, me uniré a ti.
Elara lo miró sorprendida. El rostro del hombre permanecía sereno y profesional, sin el menor rastro de intenciones ocultas. Ahora, al escucharlo decir que iba a trabajar, se sintió ridícula por todo lo que se había imaginado durante la mañana.
Era obvio que él solo quería dormir literalmente.
¡Y ella...!
Se sintió avergonzada de sus propias fantasías. Como él no podía dormir demasiado, trabajar un poco antes de acostarse era lo mejor.

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