Si Renato decidía meterle el pie en ese momento, todo el esfuerzo de los últimos meses se iría a la basura. La pose que había adoptado hace unos minutos, la pequeña victoria moral que había intentado ganar usando a su hija, se desmoronaba por completo con una simple frase soltada al aire.
Tenía que aguantar. Tragar veneno y aguantar.
Dylan forzó una sonrisa, bajando la cabeza lo más que pudo.
—Para alguien como tú, esos proyectitos no son nada, hermano.
—Tienes razón. No valen ni mi tiempo.
El tono de Renato era frío y desinteresado, pero la intención de humillarlo era devastadora.
La sonrisa de Dylan se congeló, aunque de inmediato retomó sus falsos halagos.
—Tú naciste para cosas grandes. Yo no puedo compararme contigo.
—Seguro debes estar muy ocupado, ¿no, señor Lucero? —Al decir esto, Renato miró de reojo hacia la puerta, dejando el mensaje más que claro: ya te puedes largar.
Dylan no era estúpido. Una furia ciega le quemó el pecho y apretó los puños sin darse cuenta, pero sabía perfectamente que no estaba en posición de enfrentarse a Renato.
Por mucho coraje que sintiera, no le quedó más remedio que tragarse la rabia. Ni siquiera tenía derecho a molestarse.
—Sí, la verdad es que tengo asuntos pendientes. Con permiso, me retiro —escupió Dylan, poniéndose de pie de inmediato.
Luciana, que por fin había logrado encontrarse con Renato, no tenía la más mínima intención de irse.
—Pero, hermano, ¿no dijiste que esta noche estabas libre y querías pasar más tiempo con Vali?
Dylan, luchando por contener la rabia, siseó entre dientes:
—Vámonos.
—Pero yo...
Sin darle tiempo a replicar, Dylan la agarró del brazo y tiró de ella hacia la salida.

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