Esa frase, «Esta es mi casa», cayó como una bomba, dejando a todos con reacciones completamente distintas.
Luciana pensó: ¿No es este el apartamento de Elara? ¿Desde cuándo es la casa de Renato?
Violeta pensó: ¿Será que Renato ya va a soltar la sopa?
Dylan pensó: ¿En serio se atreve a decirlo aquí mismo?
Elara casi sufre un infarto. Se quedó mirando fijamente a Renato. ¿Qué estaba haciendo?
Luciana, todavía aturdida, le respondió a Renato:
—Como ya casi es Fin de Año, mi hermano y yo le compramos ropa y comida a Vali, y vinimos a visitarla.
Renato apartó la vista de Dylan y miró a Elara. Al verla pálida como un fantasma, suspiró para sus adentros. ¿Tan rápido se asustaba? Qué frágil era. Tarde o temprano iban a hacer pública su relación; ¿qué iba a hacer cuando llegara el momento?
—¿No es hora de que pagues la renta?
Elara entendió al instante por dónde iba y asintió apresuradamente.
—Te hago la transferencia más tarde.
—¿La renta? —preguntó Luciana, confundida.
—El apartamento es del señor Soler —explicó Elara.
—Ah, con razón —Luciana se llevó la mano al pecho, aliviada—. Qué susto me diste. Por un momento pensé que Renato y tú... —Se detuvo a tiempo y soltó una risita nerviosa ante los demás—. Solo digo tonterías.
Violeta pensó: De tontería no tiene nada; es la pura verdad.
Dylan pensó con sarcasmo: ¡Maldito hipócrita!
Los cinco entraron al apartamento.
Dylan se sentó en el sofá con la niña en brazos. Dejó que Vali le agarrara el dedo con sus manitas y lo balanceó con cuidado.
—Qué fuerte me agarra mi princesa. ¿Verdad que no quieres separarte de papá?
Hizo especial énfasis en la palabra papá, una provocación demasiado evidente.


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