Al escuchar pasos, ni siquiera se volteó. Soltó una orden con voz ronca:
—Dile al mesero que traiga otra cubeta de hielo.
Claramente pensó que era Fabián.
Elara desvió la mirada y vio que la bañera estaba cubierta de hielo flotando en la superficie. La llave seguía abierta, echando más agua fría sin parar. El contacto del agua con los cubos de hielo producía un crujido helado.
Del agua subía un vaho blanco, tan espeso que, desde donde estaba, la golpeó un escalofrío que le caló hasta los huesos.
¿De verdad pensaba meterse ahí? ¡En pleno invierno! ¡Este hombre estaba dispuesto a matarse!
Al no escuchar respuesta, Renato se giró. Al ver a Elara en la puerta, pensó que el efecto de la droga lo estaba enloqueciendo, proyectando la imagen de la mujer que más deseaba.
—¿Lara? —murmuró, casi como si dudara de sus propios ojos.
Elara dio un par de pasos decididos, cerró la llave de la regadera y luego la de la bañera. Agarró una toalla de paso y empezó a secarlo.
Su piel estaba tan fría como el hielo. El contacto le dolió en el alma y, a la vez, la llenó de coraje.
—Estamos en pleno invierno y te estás bañando con agua helada. ¿Estás loco? ¿Quieres morirte?
Era ella. Estaba ahí, respirando, moviéndose, hablándole. No era ninguna ilusión.


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