—¿Estudiar para qué? —la interrumpió Elena, perdiendo la paciencia—. Si tiene un cuñado que es dueño de un imperio, ¿por qué va a ir a partirse el lomo sufriendo? Tú sabes bien que a tu hermano no se le dan los libros. Exigirle que estudie es demostrar que no lo quieres ni un poquito.
—Hija, a tu madre y a mí nos costó sangre, sudor y lágrimas criarte. Ahora que tienes la vida resuelta, lo mínimo que puedes hacer es darle una mano a tu hermano —intervino Esteban.
—No es que no quiera ayudarlo, pero el Consorcio Lucero solo contrata a profesionales de primer nivel. Thiago ni siquiera fue a una universidad de verdad...
Elena estalló.
—¡Si se hubiera graduado de una universidad de prestigio, no necesitaría tus favores! Y no se te olvide que ese título de doctora te lo pagamos nosotros. Ahora te crees mucho y menosprecias a tu propio hermano. ¡Qué malagradecida resultaste!
Un sabor amargo inundó la boca de Elara.
Desde que entró a la universidad, no les había pedido ni un solo centavo. Sus excelentes calificaciones le valieron becas completas y un pase directo al doctorado. Sus gastos diarios los cubría trabajando a medio tiempo en lo que encontraba.
No solo no les costaba dinero, sino que les enviaba casi todo lo que ganaba con sus becas.
Pero sabía que no podía decir nada de eso en voz alta.
Si lo hacía, Elena la tacharía de ser aún más malagradecida y armaría un escándalo peor.
Elara dejó escapar un pesado suspiro.
—Hablaré con Dylan.
—Pues hazlo rápido, que tu hermano regresa en un par de días.
—Entendido.
Después de que sus padres se marcharon, Elara se quedó pensando. Tendría que hablar del tema con Dylan esa misma noche, aunque pedirle un puesto directivo con sueldo alto era imposible.
Thiago era un pésimo estudiante, pero tenía facilidad de palabra y era experto en hacerse amigo de cualquiera, aunque fueran malas compañías. Quizás esa personalidad le serviría en el área de ventas.
Le pediría a Dylan que lo acomodara en el departamento comercial, empezando desde abajo como vendedor. Si le ponían empeño, alguien le enseñaba y lograba cerrar tratos, podría ir subiendo por su propia cuenta.
Sin embargo, el hombre que le había prometido regresar temprano para estar con ella y con su hija no apareció. Dieron las nueve de la noche y no había rastros de él. Elara decidió mandarle un mensaje:
—¿Vas a venir a casa a dormir?

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