A la mañana siguiente, muy temprano, Elara se levantó a preparar un buen caldo casero y lo guardó en un termo para llevarlo al hospital.
El guardaespaldas la llevó en coche directamente al estacionamiento subterráneo. Le aseguró que la esperaría allí y le pidió que lo llamara ante cualquier eventualidad.
Ella asintió. Se acomodó la bufanda, cubriéndose casi la mitad del rostro, tomó el termo y caminó hacia el ascensor.
Durante los feriados no había muchos pacientes ingresados. En su área, solo estaban de turno ella, otro doctor y dos enfermeras.
Al llegar, saludó a su colega con total naturalidad.
—Buenos días, feliz año.
El médico se quedó paralizado un segundo. Se le notaba la curiosidad morbosa en la cara, pero no se atrevió a preguntar directamente. Forzó una sonrisa incómoda.
—Feliz año, doctora Rosales.
Elara ignoró la actitud de su compañero, se puso su bata blanca y comenzó a hacer la ronda de pacientes.
En las habitaciones, la mayoría de los internos no prestaba atención a las noticias. Bastante tenían con lidiar con sus propias emociones y enfermedades como para interesarse en chismes del mundo del espectáculo.
Algunos veían documentales sobre paisajes, otros programas viejos de comedia, y algunos simplemente pintaban mandalas o armaban rompecabezas, inmersos en su propio mundo.
Elara fue de puerta en puerta, preguntando con voz suave por sus horas de sueño y su apetito.
La mayoría solo murmuraba una respuesta rápida y volvía a concentrarse en lo suyo.
Tras terminar sus rondas, tomó el termo y bajó al noveno piso, al área de cardiología. La noche anterior, Sebastián Zavala le había confirmado en qué habitación estaba Matilde. Por suerte, ya la habían trasladado de cuidados intensivos a una habitación VIP.
Por los pasillos, Elara se cruzó con varias personas. Quienes habían visto las noticias la miraban con sorpresa y cierto desdén. En cuanto ella pasaba, comenzaban a susurrar a sus espaldas.

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