Con solo mirarla, Elara sintió un dolor sordo en el pecho. Un nudo se instaló en su garganta y sus ojos se llenaron rápidamente de lágrimas. Apretó los dientes, obligándose a no llorar.
Silvia, parada a su lado, suspiró y habló en voz muy baja.
—La señora no despierta mucho. Y cuando lo hace, apenas tiene fuerzas para hablar.
Elara giró la cabeza para secarse discretamente las lágrimas con el dorso de la mano. Luego, le entregó el termo a Silvia.
—Traje un caldo casero. Es muy ligero. Cuando despierte, por favor, intente darle un poco.
—Claro que sí —respondió Silvia, tomando el recipiente—. Es usted muy considerada, señorita Rosales.
Elara se quedó en silencio unos minutos, observando a Matilde y rezando internamente por su pronta recuperación. Finalmente, miró a Silvia.
—Tengo que volver al trabajo. Si necesita algo, lo que sea, no dude en llamarme.
—Lo haré.
Elara se dio la vuelta para marcharse, pero una voz sumamente débil la detuvo.
—Mi niña...
Elara se giró de inmediato. Matilde había abierto los ojos. Su mirada, cargada de fatiga y tristeza, era aún más desgarradora que verla dormida. Las lágrimas que Elara había logrado contener cayeron por sus mejillas sin que pudiera evitarlo.
Se las secó torpemente, con la voz quebrada.
—Perdón... yo...
La mano de Matilde se movió levemente sobre las sábanas.
Elara dio un paso rápido y la tomó entre las suyas. La piel de la anciana estaba fría, desprovista del calor reconfortante que solía tener. Ese detalle terminó por derrumbarla, y las lágrimas comenzaron a fluir sin control.
—No llores... aquí estoy... sigo viva... —murmuró Matilde con voz temblorosa.
Elara recordó las mentiras que le había dicho para ocultarle la verdad. Recordó la calidez con la que Matilde le había regalado su brazalete, el cariño con el que la había invitado a pasar Navidad con ellos. Su corazón se encogió bajo el peso de una culpa insoportable.

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