La mujer la fulminó con una mirada cargada de odio.
—¡Aquí no queremos a cazafortunas descaradas como tú! ¡Lárgate!
Los pacientes del área psiquiátrica ya de por sí tenían problemas para gestionar sus emociones, y ante semejante incitación, la histeria no tardó en apoderarse de ellos. Pronto, varios comenzaron a gritar en coro.
—¡Sí, lárgate!
—¡Qué falta de respeto! ¡No tienes dignidad! ¡Esa bata te queda grande!
—¡Vete a buscar hombres a otro lado! ¡Fuera del hospital!
Viendo que la situación había llegado a su punto de ebullición, la mujer tomó un vaso grande de agua del mostrador de las enfermeras y, sin previo aviso, se lo arrojó directamente a la cara a Elara.
—¡Lárgate!
¡Splash!
El agua fría le empapó el rostro, escurriéndole por el cabello, deslizándose por su cuello y arruinando por completo la blancura de su uniforme.
La multitud, completamente alterada, continuó señalándola y lanzándole insultos.
—Descarada. Eres una vergüenza para los médicos.
—Que la corran ya. No queremos que alguien tan sucia se encargue de nosotros.
—No manches el buen nombre de este hospital. ¡Vete de una vez!
Elara observó a su alrededor. Las miradas estaban cargadas de asco y desprecio. Las palabras venenosas se clavaban en sus oídos. Sus pestañas empapadas temblaron. Sintió como si una mano invisible le estrujara el corazón hasta asfixiarla.
Podía soportar los malentendidos de la prensa, los chismes de extraños en la calle... pero estas personas eran los pacientes a los que dedicaba su vida entera.
Cada día pasaba habitación por habitación, preguntando meticulosamente por cada síntoma. Se desvelaba pensando si habían logrado dormir, si habían podido comer.


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