Entre la multitud, una mujer de unos cuarenta o cincuenta años vio a Elara e inmediatamente la señaló con furia, gritando:
—¡Ahí está! ¡Mírenla! Se acaba de divorciar y no perdió el tiempo para meterse con el hermano de su exmarido. ¿Cómo se puede ser tan descarada?
Uno de los pacientes que conocía bien a Elara salió en su defensa.
—No puede ser. La doctora Rosales siempre nos trata muy bien. Es una mujer íntegra.
—¿Íntegra? —bufó la mujer con sarcasmo. Sacó su teléfono y le mostró a la multitud el artículo que exponía la relación de Elara y Renato. Deslizó la pantalla hasta detenerse en la foto donde Renato la abrazaba—. ¿Ya lo ven? Una imagen vale más que mil palabras. No se dejen engañar por su carita de mosca muerta. Esto es un escándalo en internet y ustedes ni siquiera estaban enterados.
La sorpresa inundó a los presentes. Algunos sacaron sus propios celulares para comprobarlo, mientras otros empezaron a murmurar entre ellos.
—Con razón me pareció conocida esta mañana. Es la mujer que anda con el familiar de su ex. Jamás lo hubiera imaginado.
—Se ve tan educada y tranquila... pero en el fondo resulta ser una cualquiera.
—En internet dicen que hasta tuvo una hija con su exmarido. Qué horror... ¿Qué le va a decir a la niña? ¿Que su tío ahora es su padrastro? Qué locura.
—Yo siempre pensé que era una gran doctora. ¡Vaya que las apariencias engañan!
Elara se quedó clavada en el suelo, su rostro perdiendo color a cada segundo.
No le temía a los chismes, pero jamás imaginó que alguien la humillaría de esa manera frente a sus propios pacientes. Era como si la hubieran desnudado en medio de la calle para que todos la juzgaran. La vergüenza era abrumadora.
Apretó los puños, enderezó la espalda y clavó su mirada fría en la mujer que había iniciado el alboroto.
—Yo no me he metido con nadie —dijo con firmeza—. ¿Quién es usted? Nunca la había visto. ¿Qué hace en esta área?
La mujer no esperaba que Elara mantuviera la calma ante tal humillación. Un destello de nerviosismo cruzó sus ojos, pero lo disimuló rápido.

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