Desde la pelea de esa noche, Dylan no había vuelto a pisar la casa en tres días.
El fin de semana, como era costumbre, tocaba ir a cenar a la mansión de la familia Lucero. Elara salió de la casa con la niña en brazos, lista para pedirle a Orlando que condujera, pero se detuvo en seco al ver a Dylan parado junto a la entrada.
Llevaba una camisa blanca impecable con las mangas arremangadas de forma casual, dejando a la vista sus antebrazos firmes. Tenía una mano en el bolsillo del pantalón y con la otra sostenía un cigarrillo cerca de los labios.
El humo se mezclaba con la luz anaranjada del atardecer, dándole un aire aún más imponente y varonil a su rostro.
Elara solo le dio una mirada de reojo antes de voltear hacia el chofer.
—Saca el auto.
Orlando, sin embargo, se quedó inmóvil, mirando a Dylan que apagaba el cigarrillo y caminaba hacia ellos.
Dylan se detuvo frente a Orlando y le quitó la pañalera de las manos.
—Puedes retirarte.
El chofer asintió con respeto y regresó al interior de la casa.
Elara lo observó con el ceño fruncido.
Se miraron en silencio por varios segundos. Luego, la mirada de Dylan se suavizó al posarse en su hija. Dio un paso adelante con una ligera sonrisa.
—Vali, mi amor, ¿extrañaste a papá? —dijo, estirando la mano para acariciar la mejilla de la bebé.
Elara dio un paso atrás, protegiendo a la niña.
—Hueles a puro tabaco.
La mano de Dylan se quedó congelada en el aire. La bajó lentamente y clavó sus ojos en el rostro de su esposa.
—¿Todavía estás enojada?
Qué cinismo para preguntar.
Él era quien había provocado la pelea, quien se había ido pegando un portazo, quien no había mandado un mensaje ni hecho una llamada, quien no había regresado a dormir en tres días, aplicándole la ley del hielo.
Y ahora regresaba como si nada, sin mencionar la pelea, sin una disculpa de por medio, y sin aclarar su postura respecto a Nina.
¿Acaso creía que ella simplemente se tragaría el enojo sola?
Elara apartó la mirada hacia otro lado.

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