Soltó un suave suspiro y caminó hacia el auto. 'Cuando regresemos de la cena, hablaré con él seriamente', pensó.
Lo haría por Vali, y por aquella apuesta de amor por la que alguna vez dio todo.
El trayecto transcurrió en un silencio sepulcral.
Al llegar a la mansión de la familia y terminar la cena, Don Leonardo llamó a Dylan a su estudio.
Elara le pidió a la empleada que le preparara un biberón a la niña y se sentó en el sofá para alimentarla.
Doña Viviana, mientras bebía su té, lanzó una mirada despectiva a la bebé en brazos de Elara. En sus ojos no había ni una pizca de amor de abuela; solo se notaba el repudio y la insatisfacción.
—¿Ustedes dos están peleados? —preguntó de pronto.
Desde que entraron por la puerta hasta la hora de la cena, el matrimonio no había cruzado ni media palabra. Era algo inédito.
Elara miraba con ternura cómo su hija tomaba el biberón. Al escuchar la pregunta de su suegra, la sonrisa se le borró de los labios.
—Sí.
Un destello de sorpresa pasó por los ojos de Viviana.
Años atrás, ella se había opuesto rotundamente a que su hijo se casara con Elara, amenazando con cortarle los lazos familiares, pero él no cedió. Incluso el abuelo intentó doblegarlo usando la herencia del Consorcio Lucero como arma, pero nada funcionó.
Él estaba obsesionado con casarse con ella, lo cual la enfurecía profundamente.
Así que, más allá de despreciar a Elara por su origen humilde, lo que realmente le dolía a Viviana era que el hijo que ella crio con tanto esfuerzo hubiera sido capaz de darle la espalda a su propia madre por una mujer.
Y lo peor era que Elara ni siquiera era agradecida. Había dado un salto social enorme al casarse con un Lucero, pero nunca se mostraba sumisa; caminaba por la casa con una altivez inquebrantable, como si fuera intocable.
A veces, cuando Viviana intentaba regañarla o ponerla en su lugar, Elara simplemente bajaba la mirada en silencio, sin reaccionar. Era como golpear una almohada: la furia no tenía por dónde salir.

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