Viviana negó con la cabeza sin parar.
—Cuando la niña nació, él ya le dio un regalo de bienvenida carísimo. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cómo va a enviarle otro regalo?
Elara la miró con una sonrisa.
—Señora, ¿acaso olvida que fue Renato quien eligió el nombre de Vali? Para él, ella es muy diferente a los demás. Claro, si todavía no me cree, puede ir y preguntarle directamente por qué le envió otro regalo a la niña.
Viviana se quedó sin palabras por un instante, pero su mente no tardó en empezar a maquinar.
El rumor decía que Renato detestaba a las mujeres; no había ni una mosca a su alrededor. Ya tenía treinta años, seguía soltero y mucho menos tenía hijos.
Su relación con el resto de la familia Soler nunca había sido buena. Si Vali, siendo casi como su sobrina, lograba ganarse su cariño, tal vez en el futuro tuviera la oportunidad de heredar su fortuna.
El patrimonio de la Corporación Soler se contaba por miles de millones. Solo pensar en la posibilidad de una herencia hacía que Viviana temblara de emoción. De pronto, hasta empezó a mirar a Elara con mejores ojos.
—Dentro de poco es el cumpleaños de ochenta de la abuela de Renato. Cuando llegue el momento, llevarás a Vali y nos acompañarás a la Capital para asistir a la reunión familiar.
—De acuerdo —respondió Elara. Aunque detestaba esa actitud hipócrita de Viviana, que cambiaba de cara más rápido que pasar las páginas de un libro, no iba a rechazar una oportunidad tan excelente para que su hija ganara presencia ante un hombre tan influyente.
Últimamente, de vez en cuando, le enviaba fotos de Vali a Renato, y él siempre respondía.
Aunque solo fuera con un escueto «bien», demostraba que las había visto. Con eso era suficiente.
La voz de Viviana volvió a sonar.
—Mandé a hacer ropa a medida para Vali. Cuando esté lista, haré que te la envíen.
Vali tenía un mes y medio de nacida y en todo ese tiempo no había visto que su abuela le regalara absolutamente nada. Ahora que sabía que Renato la tenía en alta estima, salía con el cuento de que le había mandado a hacer ropa. ¿Quién se lo iba a creer?
Era solo una mentira inventada en el momento. Pero Elara no la desenmascaró, simplemente dijo:
—Gracias, señora.
Mientras no le hicieran la vida imposible a su hija y la trataran bien, ¿qué importaba si eran sinceros o no?

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