Al otro lado de la línea, Nina Salinas frunció el ceño, molesta.
—Entendido. Te transferiré el resto a tu cuenta. Ahora que tienes tu dinero, mantén la boca bien cerrada.
—Pierda cuidado, señorita Salinas, soy una tumba.
—Más te vale que no hables de más, porque si lo haces, me aseguraré de que no puedas pisar Solsepia nunca más —amenazó Nina, antes de colgar.
Se llevó un fino cigarrillo a los labios pintados de rojo y le dio una calada profunda. Un brillo despiadado destelló en sus ojos.
Su objetivo era que Dylan viera a Elara como un nido de problemas; quería demostrarle que toda la familia de su esposa no era más que un grupo de parásitos chupasangre.
Iba a lograr que él terminara asqueado de ella, poco a poco.
No contaba con que Elara tuviera cerebro suficiente para no caer en la trampa y no involucrar a su esposo.
Nina exhaló una nube de humo en forma de aros y torció los labios en una sonrisa gélida.
—No importa, Elara. Tengo todo el tiempo del mundo para jugar contigo.
En el auto.
Thiago, sentado en el asiento del copiloto, tanteó el terreno con cautela.
—Hermana... no les vas a decir nada a nuestros padres de lo que pasó hoy, ¿verdad?
Elara mantenía la vista clavada en el tráfico nocturno.
—¿Ah, sí? ¿Ahora sí te dio miedo?
Sus padres siempre lo habían mimado y le daban todos los gustos, pero tenían un único gran defecto: adoraban el dinero. Si se enteraban de que había desperdiciado doscientos mil por pasar una noche con una mujer, lo desollarían vivo con el primer palo que encontraran a mano.
El muchacho puso su mejor cara de niño bueno para complacerla.
—Eres la mejor, hermanita. Por favor, no les digas nada. Te lo juro, esto no volverá a pasar jamás.
—¿Acaso estabas pensando en que hubiera una próxima vez?
—¡No, no, no! Quería decir que no me atreveré a hacerlo otra vez. Tranquila, te devolveré cada centavo de esos doscientos mil.
—Entonces, a partir de ahora, le pediré a tu cuñado que me pase una cuota mensual de tu sueldo directamente a mi cuenta, y el resto será para ti. Me lo pagarás a plazos, hasta saldar la deuda.
Thiago abrió los ojos como platos.
—Es una broma, ¿verdad?
—¿Me ves cara de estar bromeando? —respondió Elara con el rostro severo. Si a sus diecinueve años andaba haciendo esos desastres, si no le ponía un límite estricto ahora, terminaría convertido en un monstruo descontrolado.
El chico sentía que le sangraba el alma, pero sin otra salida, apretó los dientes.
—Está bien, te pagaré cada mes. Pero prométeme que lo de hoy es un secreto.
—Dependerá de cómo te portes.
—Me portaré como un santo, te lo prometo.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado