Pero cuanto más hermosos eran los recuerdos, más violenta era la tormenta que la destruía por dentro. Sintió que su corazón estallaba en mil pedazos, aplastado como nieve manchada de barro bajo las llantas de un auto a toda velocidad.
Un dolor visceral, crudo y asfixiante le partió el alma por la mitad, haciéndole desear la muerte por un instante para acabar con el sufrimiento.
Llevándose una mano al pecho para tratar de contener la agonía, se dejó caer de costado sobre el colchón, encogiéndose en posición fetal. Trataba de aguantar, mordiéndose los labios, pero el llanto era feroz.
La marea emocional la embistió con tanta fuerza que comenzó a convulsionar en silenciosos espasmos. Las venas del cuello y la frente se le marcaron. Sus lamentos ahogados y roncos, que intentaba tragarse a toda costa, escapaban como pequeños alaridos rotos que llenaban el ambiente de pura desolación.
Lloró hasta que las sábanas se empaparon. Su llanto desgarrador quedaba oculto bajo el estruendo del agua cayendo desde la ducha.
Poco a poco, la crisis más intensa empezó a amainar. En el mismo instante, el ruido del agua en el baño cesó bruscamente.
Elara supo que Dylan iba a salir de un momento a otro. No podía ni soportar la idea de tenerlo cerca; de solo pensarlo, sentía unas ganas terribles de vomitar por la repulsión. Verlo era ensuciarse el alma.
Se levantó de un salto y huyó de la habitación, escapando de la casa.
Su auto apenas se había alejado un par de calles de la casa, cuando el teléfono sonó en la consola.
Miró de reojo la pantalla: era su esposo. Lejos de contestar, apretó el acelerador a fondo, dejando Bahía Dorada envuelta en la oscuridad.
Residencial Los Sauces.
Aurora Quiroga estaba sentada en la alfombra de su sala, rodeada de expedientes y concentrada en ordenar documentos legales, cuando el timbre del intercomunicador la sobresaltó.
Sus dedos se congelaron sobre el teclado. Casi era la medianoche; ¿quién carajos llegaba a visitar a esas horas?
Como abogada que vivía sola, su instinto de alerta siempre estaba activado.
Sacó un bate con clavos metálicos que tenía estratégicamente oculto bajo el sofá, caminó en puntillas hacia la puerta y miró por la mirilla. Del otro lado del ojo de buey, reconoció la silueta temblorosa de su amiga.
Quitó los seguros de inmediato y abrió de golpe.
—¿Qué haces aquí tan tar...? —La frase murió en sus labios al ver la cara desfigurada por las lágrimas. Soltó el bate con un estrépito sobre la duela, alarmada—. ¡Por Dios, Elara! ¿Qué demonios pasó? ¿Quién te hizo esto?
Al ver el rostro preocupado de su mejor amiga, las defensas de Elara terminaron de caer y volvió a echarse a llorar como una niña pequeña.
Aurora llevaba diez años de amistad con ella y jamás, ni una sola vez, la había visto derramar una lágrima.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado